La arena del reloj, Tinta antigua — 7 Enero, 2014 at 8:46 am

Un miliciano en la calle Trinidad

Felipe Mejías López

El viernes 24 de junio de 1938, pasadas las tres y cuarenta y siete de una tarde apuñalada de moscas y cigarras, Antonio Palencia Lozano se encontró por primera vez en medio de una guerra en el preciso instante en que una granada de mortero Stokes-Brandt de 81 mm, 4,84 kg de peso y un precioso color verde mar, se empeñó en describir durante 18,2 segundos una perfecta trayectoria parabólica de 60º grados de elevación surcando el cielo de aquel extraño lugar entre montañas poblado de pinos y soldados de rostros borrosos, muy cerca de la raya entre Teruel y Castellón, y vino a estallar por sorpresa a 614 metros de su punto de partida, justo donde indicaba en el manual la tabla de alcances, en el lugar exacto de la trinchera donde acababa de compartir con Miguel y otros camaradas de la 83ª Brigada Mixta una marmita de lentejas viudas. Un estruendo compacto, sordo y seco, silenció de cuajo el murmullo ya lejano de la conversación que había dejado atrás y enseguida una nube de polvo caliente y gravilla le empujó por la espalda, como si sus compañeros le hubiesen gastado otra broma lanzándole ese puñetazo de tierra a traición cuando volvía a su puesto de tirador en la casamata.

Durante unos segundos no escuchó absolutamente nada. Solo un molesto pitido, agudísimo y continuo, se empeñaba en no desaparecer, como si rebotara dentro de su cabeza intentando encontrar una salida. Fue entonces, ya a destiempo, cuando entendió lo que pasaba, hizo como le había indicado tantas veces el sargento y se acabó de tirar al suelo con su nuevo fusil fuertemente cogido entre las manos, un Lebel francés modelo 1886, todavía con el lustre de fábrica brillando en el cañón por el poco uso.

Hacía apenas doce días que los habían desembalado en un almacén del puerto de Valencia: como juguetes, venían cuidadosamente emparejados entre paja dentro de un centenar de recios cajones de madera, y ese agradable olor a brea y leña húmeda le había hecho recordar fugazmente a Antonio la sonrisa de su padre aquella mañana de domingo en que le permitió arrancar por primera vez y casi a hurtadillas el tractor en el garaje de la finca de don Anselmo. Pero terminada ya la tarea y antes de regresar al frente, con unas pesetas en el bolsillo, alpargatas nuevas y apenas dieciocho años en la foto de aquél arrugado carné de miliciano ya inservible que estrenara dos años atrás, había exprimido los siete días de permiso junto a Miguel, Ignacio y otros paisanos cenetistas de Cieza y Calasparra tomando vinos y galanteando y oteando los escotes a las mozas que paseaban de la Glorieta al Parterre cogidas del brazo. Todavía el último día, ya con los camiones aparcados en el patio, tuvieron tiempo de bañarse en la Malvarrosa y jugar un partidillo para después volver al cuartel armando jaleo y cantando achispados y a voz en grito, los puños en alto, A las Barricadas.El bien más preciado es la libertad, hay que defenderla con fe y valor*. A pesar de todo aún iban a ganar aquella guerra perdida.

En una parada durante el trayecto hasta Sarrión, Miguel le confesó cuánto le costaba disimular el miedo a morir y cómo se le empezaba a hacer insoportable la añoranza de su pueblo y los buenos ratos pasados los últimos días en Valencia. Un artillero catalán convaleciente de la 70ª División, de los que pelearon en lo de Teruel, le había contado la noche anterior todo lo que había visto, lo de los fusilamientos de Rubielos de Mora, que estaba convencido de que no había nada que hacer, que muchos oficiales profesionales andaban cabizbajos y desmoralizados, que a partir de allí no quedaba otra que resistir, que se escuchaba por todas partes que los fascistas estaban mucho mejor preparados… Y es que no tenía que haberse alistado, a ver quién le mandaba a él dejar a sus padres solos con sus tres hermanas y la abuela, con la vendimia por hacer. Y luego, ese sol de ayer sobre un mar que nunca había visto y el último gol de tiro raso y cruzado, como los de Bata con el Athletic. En ese momento lo habría dado todo por volver a aquella playa y quedarse allí para siempre, marcando una y otra vez el mismo gol.

No pudieron recoger su cuerpo hasta bien entrada la noche, cuando los nacionales dejaron de tirar. Había sido el único morterazo en todo el día, tal vez una prueba de alcance o un ajuste rutinario del goniómetro. Una puta casualidad. Antonio no quiso verlo.

2

La muerte de Miguel le abrió los ojos. Hasta ese momento la guerra había sido una aventura romántica, casi obligada por las profundas convicciones anarquistas que su padre le había mostrado desde bien pequeño. Fue de los primeros en alistarse en la Columna de Hierro, participaba activamente en las asambleas, estaba convencido de que la autogestión y la colectivización de la tierra acabarían triunfando cuando ganasen la guerra. La buena suerte y lo leve de las escaramuzas en las que había intervenido hasta ese día maldito de junio lo habían mantenido ensimismado, sumido en una burbuja de irrealidad casi legendaria.

A eso contribuyó sin duda el que sus camaradas lo tuviesen por un tipo valiente y divertido, sin ningún remilgo, con madera de líder. En muchos puestos de aquel sector del frente, soldados de otras unidades a los que nunca trató comentaban, entre divertidos y curiosos, la hazaña de aquella noche en la que se aventuró a llegar hasta una casona que tenía enfilada en tierra de nadie, abandonada desde hacía días en el fondo del barranco de la Hoz. Encontró en el corral un caballo y acabó volviendo con él montándolo a pelo. Lo recibieron como un héroe, pero la acción casi le cuesta un consejo de guerra. O aquella vez, ya con el permiso del teniente, en la que llevó a su pelotón de nuevo hasta la masía; en la excursión anterior había encontrado grandes montones de sal en la cuadra y había que acarrearla hasta sus líneas. Mientras sus compañeros la ensacaban, Antonio entró curioso en la casa. En el salón principal descubrió bajo una manta un piano, del que solo se atrevió a tocar una tecla, sobrecogido por lo insólito y surrealista de la escena.

Pero aquél estallido había arrasado también todo ese pasado. Ahora era un hombre adulto, tal vez demasiado.

A finales de julio, sin apenas ganas ni tiempo para pensar y con los galones de cabo, fue trasladado al frente del Ebro y encuadrado en la 11ª Brigada de la 35ª División bajo el mando del teniente coronel Manuel Tagüeña. Allí se destacó en una misión en la que hubieron de rescatar a las familias de dos soldados nacionales que se habían pasado al bando republicano. Por las bravas y a plena luz del día consiguieron sacarlos del pueblo tras varias horas de tiroteo con un grupo de guardias civiles que se habían refugiado en lo más alto del campanario de la iglesia. Su última acción de guerra, la más importante, tal vez la más triste pero de la que más orgulloso se sintió siempre, fue su participación como dinamitero en la voladura del puente de Flix. Toda la noche colocando los explosivos suspendido sobre el negro murmullo del río, la interminable espera luego, salpicada por los relámpagos de las explosiones cada vez más cercanas y por fin, cuando el último soldado en retirada lo había cruzado a la carrera, aquella majestuosa destrucción revestida de solemnidad, con sabor a victoria y mortaja de derrota. La canción le parecía ahora una broma de mal gusto. Nada pueden bombas donde sobra corazón**. Aquello le valió el ascenso a sargento.

Lo cogieron en las afueras de Tarragona a principios de enero del 39, junto a una veintena de compañeros de su brigada. Llevaban ocho días caminando de noche y ocultándose de día entre los campos, desarmados, hambrientos, agotados. Apenas sí sabían dónde estaban. Sin pegar un solo tiro, solo les quedó levantar los brazos. Todo había acabado.

Pasaron después sesenta y siete años, cinco meses y dos días hasta aquella noche de junio en que hablé con él por primera y última vez. Era la fiesta de la calle Trinidad y su sobrina de Aspe, con la que vivía Antonio después de haber quedado viudo, nos había invitado a cenar. Le habían hablado de mí, compartíamos la misma pasión por la Historia y los libros, y se había empeñado en conocerme antes de regalarme algunos de los suyos. Quería asegurarse de que los iba a dejar en buenas manos.

Muchos vecinos habían sacado mesas a la puerta y ya comían y alborotaban cuando llegamos. Entre platos de habas hervidas, ensaladilla rusa y fritadas de conejo con tomate, grupos de niños corrían por las aceras jugando a pillar, gritando y molestando a los comensales. Mientras, una orquesta barata con solista tintada de rubio platino y generosos muslos, embutida en un traje de lentejuelas dos tallas menor, se esforzaba por captar la atención del público. Tan solo dos sesentonas bailaban agarradas al pie del escenario, siempre con idéntico estilo de pasodoble y desacompasadas, todas las canciones que de manera algo apresurada interpretaba el conjunto.

He de confesar que las expectativas de diversión por mi parte no eran muy halagüeñas y ese panorama acabó de confirmarlas. Y por si eso fuera poco, había sido un día caluroso, estaba cansado y un incómodo catarro me tenía algo quebrantado. Aquel era el último lugar donde habría querido estar a esas horas de la noche. Picaríamos algo, cruzaría unas palabras con él y luego, con cualquier pretexto, volveríamos a casa.

Lo vi de lejos, sentado solo y ajeno al jolgorio junto al portal abierto e iluminado de la casa, y supe que era él antes de que nos presentaran. Andaba cerca de los noventa pero aparentaba quince menos, pese a haber superado un cáncer hacía años. Todavía mantenía una abundante cabellera, blanca y peinada con cuidado hacia atrás. Recuerdo que me llamaron mucho la atención su gafas, con montura de pasta y diseño moderno, más propias de un joven comercial o un dependiente de grandes almacenes que de un anciano. Pero lo extemporáneo de los tirantes sobre la camisa de manga corta de grandes cuadros delataba su edad.

Parecía impaciente, como si hubiese esperado mi llegada durante toda la tarde. Prefirió que nos sentásemos en un extremo de la mesa, donde nadie nos pudiera molestar. Tenía muchas cosas que contarme y poco tiempo, me dijo.

A partir de ahí solo recuerdo su cara y su voz. Su entonación apasionada mientras desgranaba lentamente pero sin pausa todo lo que quiso contarme. Como si lo tuviera aprendido de memoria, sin fisuras, sin errores, sin dudas. También sin adornos, con un lenguaje contundente y seguro. Puede que nadie hasta entonces hubiese estado dispuesto a escucharlo, quién sabe. Pero era la lección de su vida.

A día de hoy todavía no estoy muy seguro de haber captado fielmente lo que me intentó transmitir. Es algo que de vez en cuando me atormenta. Pero sí tengo el convencimiento de la extrema importancia que los tres años de guerra tuvieron para él y su forma de mirar el mundo. Aunque conversamos durante más de dos horas, apenas dedicó diez minutos a contarme qué fue de su vida después de julio de 1942, cuando fusilaron a su padre contra las tapias del cementerio de Espinardo. Sí, había estado primero dos años y medio en la cárcel y a continuación otros dos en el batallón disciplinario de soldados trabajadores penados de Tetuán. Hambre, palizas, humillaciones, piojos. Largas noches sin sueños se sucedían con días todavía más largos, interminables. La posibilidad de un suicidio formó parte de sus planes, pero siempre lo mantuvo vivo la esperanza, a veces muy débil pero siempre presente, de volver algún día a su pueblo. Cuando finalmente lo consiguió, su regreso a Jumilla solo sirvió para constatar cuánto había cambiado todo desde aquella mañana de agosto de 1936 en que se había despedido de su familia, ingenuo e ilusionado, dispuesto a terminar con el fascismo luchando junto a sus camaradas de la CNT. Ya no era su lugar. Ni su gente.

1.-Antonio Palencia a mediados de los años 40Antonio Palencia a mediados de los años 40

Nunca me dijo que se había casado y emigrado a Barcelona, no me habló de su trabajo durante casi cuarenta años como conductor de autobuses urbanos, tampoco de su cáncer, de la muerte de su mujer o de que no tuvo hijos, de su jubilación y la vuelta a su casa en el pueblo. Si supongo que fue mediocremente feliz entonces lo imagino sentado al volante en su autobús Pegaso por las calles de Badalona, transportando hacia ninguna parte, una y otra vez durante décadas, a los mismos individuos de pelo engominado, finos bigotes y gabardinas. Quiero pensar que su gusto por la lectura fue la única trinchera que lo protegió, una vez más, de toda aquella vida gris y con profundo sabor a derrota que como a tantos otros le tocó vivir.

3.-Antonio, los brazos a la espalda, durante un alto en el trabajo junto al autobús urbano de la línea San Andrés-Torre Baró. Hacia 1960

Antonio, los brazos a la espalda, durante un alto en el trabajo junto al autobús urbano de la línea San Andrés-Torre Baró. Hacía 1960.

“Acuérdate de lo que te he dicho y cuéntaselo a todo el mundo siempre que puedas para que se sepa lo que pasó. Es todo verdad, no lo olvides, yo lo viví”, me dijo mirándome a los ojos mientras me apretaba con fuerza la mano cuando nos despedíamos. Parecía como si nadie más hubiese hecho la guerra, como si me hubiese legado un secreto único y valiosísimo que solo él conocía y que ahora yo debía preservar.

Nada más llegar a casa transcribí todo aquello en unas cuartillas con el mayor detalle del que fui capaz, agobiado por la responsabilidad de no olvidar nada. En cierto modo también me liberaba así de aquél encargo. Luego, durante siete años esos papeles anduvieron por casa, controlados y olvidados a un tiempo pero libres de cualquier compromiso. Hasta que alguna vez surgiera la ocasión, si es que lo hacía.

4.-En 1985, con 67 años, consiguió su reconocimiento como excombatiente republicanoEn 1985, con 67 años, consiguió su reconocimiento como excombatiente republicano

Después de aquello, un poso indefinido de tristeza me acompañó durante varios días. Pese a mis promesas de que volveríamos a vernos, en el fondo sabía que el paso de los días y mis múltiples ocupaciones jugaban en nuestra contra. A las pocas semanas me hizo llegar por medio de una conocida un pequeño lote de libros no especialmente valiosos, entre ellos una Historia de la Revolución Rusa en dos volúmenes; dentro de uno de ellos había dispuesto, estoy seguro que intencionadamente, una tarjeta postal que todavía conservo ilustrada en el anverso con el cartel anunciador de Tierra y Libertad.

Antonio volvió a su pueblo para morir. Lo supe cuando habían pasado algunos meses. No pude evitar entonces recordar la escena de la película de Ken Loach, cuando la nieta del brigadista lee los versos de William Morris, y pensé que perfectamente podían haberse leído para él:

“Únete a la batalla en la que ningún hombre fracasa,

porque aunque desaparezca o muera,

sus actos prevalecerán”

Una estupenda casualidad –el azar es así de caprichoso- ha propiciado que hace tan solo unos días hayan llegado a mis manos por medio de un buen amigo cuatro cartuchos no disparados de munición de 8mm, fabricados en 1918 por la Western Cartridge Co. para el fusil Lebel modelo 1886. Alguien había localizado aquellas balas diseminadas por una ladera con restos de trincheras de la Guerra Civil, muy cerca de Sarrión, en la línea defensiva que establecieron los republicanos en torno a la Sierra de Javalambre. Por encima del aroma a fetichismo coleccionista que estos objetos siempre desprenden, un tanto sentimental y hasta vacío, me gustó de ellas especialmente un detalle: esas balas fabricadas para matar nunca fueron disparadas contra nadie. Contienen las vidas latentes de cuatro soldados. Este regalo inesperado ha sido suficiente para que rescatase esas notas que escribí apresuradamente en una madrugada de junio hace años, esperando esa oportunidad que hoy, por fin, ha llegado.

Va por ti, Antonio. Te lo debía.

¡Salud, camarada! ¡Salud!

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*Himno de la CNT (Confederación Nacional de Trabajadores). De origen polaco e inspiración anarcosindicalista, fue compuesta en 1883

** Versos de la canción ¡Ay Carmela!, también conocida como El paso del Ebro, muy popular entre los soldados republicanos durante la Guerra Civil.

3 Comments

  1. Magnífico relato, nunca hay que perder nuestra historia. Es lo que somos.

  2. Un relato impresionante Felipe.

  3. Un relato muy interesante.

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