Cultura independiente — 13 Enero, 2014 at 8:57 am

Los años pródigos. La movida musical aspense (I)

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Miembros de Estancia en Bohemia en la antigua Cerámica de Cervera. De izquierda a derecha: Miguel Ángel Olivares, José María Candela, Vicente Vives, Fran Cremades, Víctor Cremades y Miguel Verdú. Foto Ángel Cerdán (@aspefotografia). 1992.

A Germán Coppini, artífice de algunas de las mejores páginas del libro del pop español

José María Candela Guillén

A finales de los años 80, se produjo en Aspe una eclosión cultural que dio lugar a la aparición de un puñado de grupos musicales que encontraron en el punk -los menos- o en el pop-rock una vía para expresar sus inquietudes. Los años 60 habían producido un fenómeno similar, con multitud de orquestas que aparecieron para cubrir las necesidades de ocio que el desarrollismo había propiciado. Desde la Juven Jazz hasta Los Dianas, pasando por Mario y su conjunto y la orquesta Coimbra o Los Dugans, las noches de verbena y los guateques se amenizaron con grupos formados en el pueblo. Pero la naturaleza de esta manifestación de cultura popular era, sin embargo, muy diferente a la que emergió durante los años 80. Ídolos de Barro, Rigor Mortis, Neurosis, Estancia en Bohemia, Tierra Prometida, Rincón Striper, Los Elegidos, Los Creyentes, Los Guijarros, y más tarde Sajones, Alternative Scream, Suburbia, Ocultas Inquietudes, Saint-Malo, Blue Caimanes, Homo Ludens o Capitán América fueron algunos de esos grupos que hicieron suya la modernidad a través de la música. Ellos se hicieron eco de una sensibilidad que mimetizaba, con varios años de retraso, algunos de los principios de la movida madrileña, precisamente cuando esta se encontraba ya prácticamente periclitada. Para estos grupos locales, cuyos miembros éramos hijos del baby boom de finales de los 60 y principios de los 70, resultaban extraños y ciertamente lejanos movimientos como el de los cantantes protesta que habían luchado contra el franquismo. Ya no había una dictadura a la que hacer frente ni una libertad que conquistar. Por eso Lluís Llach, Paco Ibáñez, Raimon o Labordeta estaban a años luz de representar para nosotros una influencia estética o ética, y no digamos musical. El hedonismo, la celebración del presente,la internacionalización de los referentes musicales yla relativa ausencia de compromiso político, configuraron un marco conceptual en el que con matices y de forma más o menos cómoda todos tuvimos cabida.

Pertenecíamos a una generación que por vez primera podía acceder a la enseñanza universitaria gracias a las becas que el gobierno socialista otorgaba y sin que sus padres tuvieran que dejarse la piel en el intento; que tenía cierta inquietud cultural, compraba discos, leía revistas (Rock de Lux y Primera Línea), escuchaba la radio (Radio 3 fundamentalmente), acudía a pubs donde pinchaban música que no sonaba en las radio fórmulas, y conocía en cierta manera algunas de las cosas que se hacía fuera de nuestras fronteras.Acababan de abrir pubs como Metro, La Estación y algo más tarde Gurú, cuyos dueños se mostraron siempre abiertos y sensibles, y por aquellos garitos, a pesar de no contar con las condiciones necesarias para las actuaciones en directo, pasaron buena parte de los grupos locales que surgieron a finales de los años 80 y principios de los 90.

Esta corriente, que –obvio es decirlo- era un mero reflejo de lo que ocurría en todo el país, emergió precisamente mientras en las discotecas arrasaba el ritmo machacón del bakalao. A nosotros nunca nos interesó este fenómeno y, aunque compartíamos algunas similitudes sociológicas con él, no nos sentíamos identificados con aquella música de ritmo tribal, industrial y sin asomo de calidad artística, y que tenía detrás un concepto del ocio cercano a la autodestrucción. Para nosotros aquello era una cosa de macarras, frívolos y palurdos. Nosotros éramos hedonistas, sí, pero con cierta conciencia; pensábamos que nuestra visión de las cosas y nuestra forma de actuar estaba al menos atravesada de cierto sentido crítico. Creíamos que los que frecuentaban Chocolate, Barraca y Spook vivían alienados por una concepción de la vida superficial y vacua. La menestralía social, vamos. Que Chimo Bayo, ahora objeto de exposiciones en museos, fuera la cabeza visible más carismática de aquel movimiento, tampoco le otorgaba demasiada credibilidad.

Ahora que prácticamente todos los estudios poseen un marcada perspectiva de género, rememorar aquella época me lleva a detenerme en un detalle revelador: las chicas no aparecen más que como acompañantes de los músicos y como asistentes a los locales de ensayo y como público a los conciertos. Parecía más que natural que los grupos estuvieran integrados solo por chicos, aunque en el panorama español abundaban los ejemplos de formaciones con algún miembro femenino y de bandas formadas únicamente por chicas. La ausencia de mujeres en nuestros grupos fue un hecho palmario, y salvo escasísimas excepciones, ellas estaban al margen de aquel fenómeno casi exclusivamente masculino. Solo recuerdo a Cristina Valero cantando en los grupos Rigor Mortis y Neurosis, y Esther Boronat en los teclados de Alternative Scream. Y Homo Ludens creo recordar que también incorporaba a un miembro femenino. Pero en general, las chicas ocuparon un lugar no protagonista en la movida musical aspense.

Evocar esta etapa me lleva sin embargo a fiarlo todo al terreno de la memoria, incapaz como soy de objetivar un relato en el que la implicación personal lo condiciona todo. Esto desde luego me deja en una situación un tanto incómoda. Primero porque dedicaré más atención, tiempo y extensión a los grupos en los que estuve, con todas las injusticias que ello lleva aparejadas: aquí no contaré -por descuido, por desconocimiento o por pereza- muchas de las vivencias que afectaron a otros grupos. Y ello a pesar de que me he entrevistado con miembros de casi todos ellos. Por otro lado yo, miembro de uno de los grupos –en realidad de tres-, me convierto también sin pretenderlo en el narrador único de una crónica en la que seguro omito hechos que quizás resultaron importantes para el resto de mis compañeros de filas, y que para mí han pasado desapercibidos. Son trampas de la memoria que en lo posible he intentado subsanar en conversaciones con mis colegas, por lo que sus consecuencias han sido minimizadas.

Corría el año 1989. El mundo asistía entre estupefacto e ilusionado a la caída del muro de Berlín. La apertura de la frontera anunciaba un nuevo orden mundial y parecía que otro mundo era posible. Alemania me parecía un sitio lejano, frío y un poco inhóspito, y aunque carecíamos de perspectiva histórica para darnos cuenta de la importancia de aquel acontecimiento, estaba claro que aquello cambiaría por completo la estructura de las relaciones internacionales y el propio mapa económico y político de Europa.

Hacía un año que había terminado la mili y ya había empezado los estudios en la Universidad de Alicante. Me fui a hacer el servicio militar tras finalizar COU, intentando demostrarme a mí mismo que podría seguir estudiando con toda normalidad una vez hubiera pasado aquel periodo que más tarde se me antojaría como baldío y absolutamente estéril. Durante los años finales del Instituto, solía reunirme con mis amigos Marcos Rubio y Vicente Vives para hablar sobre literatura e intercambiar opiniones sobre los libros que habíamos leído, recitar nuestros poemas y leer los cuentos que escribíamos entre clase y clase. Éramos tres jovenzuelos que emborronábamos cuartillas leyendo a Lorca y a toda la nómina del 27, Machado, Rimbaud, Baudelaire, Boris Vian, García Márquez o Cortázar. Lo cierto es que nuestros gustos eran un poco clásicos, y nuestra geografía literaria era más bien estrecha, confeccionada por un muestrario de autores ampliado del libro de Senda que habíamos seguido durante la EGB. O eso al menos era lo que me ocurría a mí. Éramos tan presuntuosos que a aquello lo bautizamos como la Generación del 87. En otra época, quizás habríamos vestido como dandys y viviríamos una vida bohemia. Pero estábamos en la década de los 80, la crisis económica estaba firmemente asentada entre nosotros y a lo más que aspirábamos era a que el gobierno de Felipe González siguiese dándonos la beca para continuar estudiando y ver así cumplida al final de nuestra carrera universitaria esa máxima evolutiva vital que decía que los hijos forzosamente habían de vivir mejor que sus padres. Nosotros estábamos traspasados de literatura, pero la vida se imponía con sus miserables condicionamientos económicos.

Además de este fervor por la letra –lletraferits, que dirían los catalano-hablantes, vocablo que curiosamente no tiene paralelo en castellano-, a mí me gustaba la música. Tenía mi catálogo de grupos por los que sentía devoción, y yo los devoraba como solo un fan puede hacerlo. La música, como la literatura, tenía la capacidad de llevarme bien lejos de aquel marasmo de realidad en la que crecí. Me sabía todas sus canciones y las cantaba en la soledad de mi habitación. Golpes Bajos me dejó noqueado con su tecno funk amable y sus letras poéticas (Malos tiempos para la lírica) y paranoicas (“Tengo en una caja metidas unas moscas, ¿y qué?”), y Radio Futura me hechizó para siempre con sus canciones eléctricas y una voz, la de Santiago Auserón, cuyo timbre metálico a lo David Byrne me resultaba especialmente atrayente. Y luego estaba la canción que para mí en aquellos momentos reflejaba mejor que ninguna otra toda la soledad y toda la incomprensión que la adolescencia llevaba aparejada, El escenario de un club, de Los Limones. Una canción que aun hoy día, cada vez que la oigo, me provoca un estremecimiento. Y aunque la época de la movida ya había pasado, yo seguía escuchando una y otra vez aquellas canciones, en un intento de aprehender el espíritu de aquel tiempo.

Estancia en Bohemia

2 Cartel anunciador de la actuación de Estancia en Bohemia en el pub MetroEn el pub Metro de Aspe tuvo lgar el primer concierto de Estancia en Bohemia.

Nos conocíamos del Instituto y de las pandillas que años antes se habían formado en torno al Centro Juvenil Católico (el Club) ubicado en la Sala Pax, o bien en torno a la OJE, situada en la plaza Mayor junto al Casino. Los sábados solíamos renovar nuestros votos de amistad con ritos en los que se reforzaba el vínculo de solidaridad masculina. Cantábamos canciones blasfemas, bebíamos en el bar de Julio, el Borsalino, y nos hacíamos notar allá donde íbamos. Nada de particular tratándose de adolescentes.

Las inquietudes culturales de las que hacíamos gala en cuanto teníamos ocasión, una cierta petulancia juvenil y el deseo de expresar nuestro desasosiego vital nos condujeron a la música como una vía de salvación frente a todo aquello que no nos gustaba de la realidad que nos envolvía.

La mayor parte de nosotros había participado un par de años antes en las manifestaciones estudiantiles contra el entonces ministro socialista de Educación y Ciencia José María Maravall, y algunos habíamos perdido una buena parte del curso haciendo huelga mientras estudiábamos COU. No me siento orgulloso de ello, pero fui de los pocos que se mantuvo firme a la hora de continuar la protesta frente a los que apostaban pragmáticamente por reanudar las clases dado el poco tiempo que nos quedaba para hacer la Selectividad. Imagino que la razón para mantenerme en mis trece debió ser una estúpida promesa hecha a algún compañero de clase. También habíamos intervenido en la manifestación contra la ley educativa que obligaba a los alumnos de los pueblos de lengua castellana a dar la asignatura de valenciano en los planes de estudio. Hoy recuerdo con vergüenza aquel episodio de ignorancia y despropósito, y ahora puedo decir que nunca estuvimos tan equivocados.

El precedente más inmediato de Estancia en Bohemia fue una formación que se había originado en los festivales de fin de curso del Instituto: Metropolitan Club o Club Metropolitano, en el que militaron Roberto Castelló, José Miguel Guillén, Francisco Díaz Egío, Fran Cremades, Miguel Ángel Olivares, Hipólito Falcó, Alfredo Cerdán y Vicente Vives. Ensayaban en el viejo depósito que había cerca del Instituto y detrás del antiguo colegio General Moscardó, en el barrio de Don Jesús. El depósito fue sede de la asociación vecinal del barrio y de la Agrupación Fotográfica de Aspe. Ese era el recinto donde también ensayaban Ídolos de Barro y Zona Alta, quienes accedieron a compartir local y también sus instrumentos. La vida de Metropolitan Club fue efímera y se limitó a unos pocos conciertos relacionados con las actividades extra académicas del Bachillerato.

Vicente Vives sabía de mi pasión por la música y me llamó para formar parte de un grupo que se estaba montando en aquel momento. Vicente tocaba los teclados y hacía unas letras muy literarias, con una hondura poética poco habitual para un muchacho de su edad. Víctor Cremades y Miguel Ángel Olivares ya andaban tocando la guitarra y el bajo respectivamente en un local de la calle Obispo Alcaraz -propiedad del padre de Víctor-, haciendo versiones de sus grupos favoritos. Víctor rasgueaba su guitarra Ibanez con un pedal flanger y no paró hasta hacerse con una flamante Fender Stratocaster, a la que poco a poco fue incorporando aparataje tecnológico para dar mayor contundencia. Miguel Ángel, que tocaba su bajo con mucha solvencia, era quien proporcionaba el espíritu rockero que le faltaba al grupo. Fran Cremades a la batería y Javier Aznar a la guitarra acústica completaban la formación. Fran era el virtuosismo hecho persona. Tocaba la batería como dios y desarrollaba cualquier estilo con una destreza más propia de un profesional que de un joven principiante. Javier tenía querencia por la bossa nova, y algunos de sus arpegios de guitarra eran verdaderas filigranas preciosistas que podían guardarse en cajitas chinas de porcelana. Todos habían formado parte de la banda de música Ateneo Maestro Gilabert y sabían tocar instrumentos de viento. Aprendieron a tocar la guitarra, el bajo, el órgano y la batería aprovechando los conocimientos musicales que Franky y Benavente les habían brindado en el Ateneo. De todos ellos, yo era el único que no tenía formación musical. Yo me limitaba a imitar a Germán Coppini en la voz, y ese era todo el bagaje que podía presentar. Recuerdo que un par de personas me dijeron que tenía la voz afectada cuando cantaba. Lejos de afligirme por la crítica, yo era de los que pensaba en aquel momento que la afectación era una manera de ser y de estar en el mundo, y la vida había que tomarla como Morrissey se la tomaba cantando Heaven knows I’m miserable now. El cielo sabía que era muy desgraciado, y todo el mundo debería saberlo.

Las causas perdidas – Estancia en Bohemia

Aspe no era el mejor lugar para tener un grupo. No existía una infraestructura de salas en las que poder tocar ni tampoco demasiadas facilidades para ensayar.En el considerable ejercicio de memoria que ha supuesto la elaboración de este escrito, recuerdo haber pasado por al menos una decena de locales de ensayo. La mayor parte de ellos teníamos que abandonarlos apresuradamente, acuciados por las quejas de los vecinos, que se extrañaban de que jóvenes de aspecto tan poco estridente pudiesen armar semejante nivel de ruido. Llegamos a insonorizar uno de los locales de ensayo con cientos de cartones de huevo, colocados encima de una buena capa de cartón y mantas sobre las paredes. Aun así, andábamos pasados de decibelios, al decir del vecindario.

En el pueblo el único grupo que estaba en activo en aquel momento era Neurosis, un grupo de punk de cierto recorrido (antes llamados Ídolos de Barro y más tarde Rigor Mortis) que resistió impávido la supremacía del pop de los años 80. Estuve por cierto unos meses cantando con ellos, aunque sin mucho éxito. Fue poco antes de marcharme a la mili. Yo intentaba ser todo lo punk que podía, pero a lo más que llegué fue a grabarme en una cinta el disco Londong Calling de los Clash, para ver si me entraba la inspiración y podía estar a la altura de las circunstancias. Mi voz, sin embargo, resultaba más bien blandengue y mis letras no eran un dechado de provocación y denuncia como ellos hubieran querido. Yo entonaba odas a los árboles, a los pájaros, a la libertad y cosas así. Y eso hacía poca argamasa con sus ritmos potentes y sus guitarras afiladas. Así que antes de que me echaran a patadas, me fui sin hacer mucho ruido en busca de otros páramos. Creo que ellos, por su lado, tampoco me echaron mucho de menos. Pero de aquella experiencia trabé una buena amistad con Miguelín (Miguel Verdú), quien acabaría tocando con Estancia en Bohemia durante casi tres años. Miguelín es un guitarrista de raza que aún continúa con el veneno de la música en la sangre, militando en grupos al lado de jóvenes para quienes él representa todo un modelo musical a seguir. La guitarra es para él como una prolongación de su cuerpo, y eso se nota cuando lo oyes tocar. Genio y figura, ya digo.

Decía Miguel Unamuno que el nombre es el acto de posesión espiritual más importante de un ser humano. Algo tan capital no podía dejarse al albur de una mala elección, así que decidimos emplearnos a fondo para elegir un nombre que hiciera justicia. Cada uno de nosotros plasmó en un papel una buena colección de ellos, de entre los cuales finalmente nos quedamos con dos: La Estancia y Boheme Theatre, de cuya mezcla nacería Estancia en Bohemia. Un nombre con reminiscencias literarias, que nos gustaba de verdad, y que parecía que respondía a nuestras expectativas. En aquel momento no lo sabíamos, pero si hoy tecleamos Estancia en Bohemia en el buscador Google, aparecen multitud de entradas relacionadas con el tiempo que pasó Goethe en aquella región centroeuropea de la actual República Checa, vital para entender buena parte de su obra literaria.

Nuestros gustos musicales eran tan amplios y tan diversos, y nuestra confusión juvenil tan grande, que nunca tuvimos un único espejo en el que poder mirarnos. Nos salía una canción que evocaba a un grupo, y la siguiente sonaba a otro de un estilo absolutamente diferente, y todo esto lo hacíamos con una sorprendente naturalidad. Lo único que teníamos claro era el desprecio común que sentíamos hacia todo lo que oliera a sonido mainstream o, tal y como lo conocíamos en aquel momento, la música comercial. Una vez nos entrevistaron en Radio Elda 40 Principales, y al finalizar le perdonamos la vida al locutor por poner aquella mierda de música en su programa. Él se limitó a decir que lo hacía porque tenía que comer. Nuestra condescendencia no conocía límites. Quizás la indefinición era el signo de los tiempos, pero los genes de Estancia en Bohemia no estaban marcados por unas señas de identidad claramente reconocibles. Por eso nuestro camino fue duro y plagado de vicisitudes, en busca de un estilo y una voz propia que reflejase nuestra verdadera personalidad.

Las influencias de los primeros Estancia en Bohemia bebían de grupos surgidos de la movida madrileña, como los citados Golpes Bajos (estos de la movida viguesa en realidad), Gabinete Caligari, Nacha Pop o El Último de la Fila. Entre los grupos de fuera, The Smiths copaba la principal fuente de nuestra inspiración. Incluso tuvimos pequeños escarceos con el sonido más oscuro de The Cure. Sin embargo, estilos como el rock progresivo continuaban alimentando nuestras canciones, algunas de las cuales duraban cinco o seis minutos, rememorando las larguísimas piezas de Supertramp o de Pink Floyd.

Sana costumbre – Estancia en Bohemia

En 1990, poco después de que nos dejara Javier Aznar, se produjo la incorporación de Miguelín, tras haber quedado huérfano de su último proyecto, Neurosis. Con él iniciamos un nuevo periplo, en el que nuestro sonido se volvió más contundente y más claramente definido. Él llegaba con una mochila bien cargada de experiencia y de influencias que últimamente se nutría de grupos como The Cult, The Mission o Héroes del Silencio. Aunque nos costaba reconocerlo, algunas de nuestras canciones comenzaron a evocar a Héroes. Estos acababan de publicar Senderos de traición y pronto lo llenaron todo con sus canciones. Podían gustarnos más o menos, pero el aire que uno respiraba estaba impregnado de su influencia. Había riffs y fraseos en la Washburn de Miguelín que evocaban al grupo zaragozano, y en alguna canción el mesianismo del estilo de Bunbury se me pegó también. Yo hubiera querido tener su melena romántica, pero mi pelo, desafiando la ley de la gravedad, crecía hacia arriba, y en vano resultaban mis intentos de domeñar aquella crespa cabellera.

Grabamos un total de seis maquetas, con una veintena de canciones en las cuales se podía adivinar la evolución de nuestro estilo y también la mejora en la armonía del sonido y la conjunción de los instrumentos. En los primeros tiempos, el mayor peso compositivo recaía en Vicente Vives. Él había sido el alma mater de Metropolitan Club, y su teclado le servía de vehículo para fabricar la melodía de la canción, que luego era completada con la guitarra y la base rítmica. Más adelante, fueron Víctor, Miguel Ángel y Miguelín quienes asumieron de forma natural esa tarea. Las letras las hacíamos Vicente y yo, y creo que en esta faceta andábamos bastante compenetrados ya que, tratándose de estilos completamente diferentes, lográbamos un equilibrio entre la vertiente poética de sus letras y mis preocupaciones de tono social.

La primera maqueta estaba formada por cuatro canciones muy distintas entre sí. Después de todo, No está bien, Con la lluvia y Entre olor de humo y de café componían un debut lleno de candor principiante. Se notaban errores, disonancias y desafines en la voz. Pero era nuestra maqueta, y nos sentíamos muy orgullosos de ella. La enseñábamos a nuestros amigos y la dejábamos en los pubs como tarjeta de presentación. La segunda contenía seis temas, con canciones que hablaban de desasosiego (Luna llena es mi corazón), de realidad social (Vivir y morir en el norte y No te preocupes por mi) o de lugares comunes como el alcohol (Sana costumbre). Pero también la nostalgia (Tan distante) y las relaciones complicadas (Cálido fondo de malva) formaban parte del muestrario de preocupaciones que plasmamos en las letras de aquella segunda maqueta.

Es verdad que cada vez sonábamos mejor y que, con cada maqueta, íbamos dejando atrás la bisoñez y la ingenuidad de las primeras canciones. El Pato, un músico de orquesta cuyo local de ensayo en el barrio de Don Jesús disponía de un completo estudio de grabación, fue quien produjo casi todas nuestras maquetas. Él fundó la orquesta Zona Alta -más tarde orquesta Zona a secas- y posteriormente fue el artífice de la orquesta Tentación, con las cuales recorría en periodo estival gran parte de la geografía alicantina animando fiestas locales. Gracias a su generosidad pudimos registrar toda aquella colección de canciones. Él desplazaba hasta nuestro local de ensayo todo su arsenal compuesto por una mesa de cuatro pistas, micrófonos, kilómetros de cables y hasta algunos instrumentos, nos grababa en sesiones que nosotros hacíamos interminables y nunca nos pidió nada. Incluso compuso y grabó un tema llamado Estancia en Bohemia (¡en nuestro honor!!!) que nos pareció una cosa simpática y que incluso llegamos a versionar en nuestra tercera maqueta.

También grabamos con Juan Pellín en su estudio de Novelda. Era la cuarta maqueta y registraba una sola canción, Vuelan palomas, que en aquel momento se convirtió en una especie de himno para los pocos incondicionales que teníamos. Incluso Jorge Albi, a instancias de nuestro amigo Marcos Rubio, la pinchó en su programa La Conjura de las Danzas, en Radio Color. Pellín era un músico multi-instrumentista, sofisticado, entendido y metido en materia, con un tupé rockabilly que hacía sugerentes composiciones de New Age al piano y tocaba con varios grupos al mismo tiempo, entre los cuales destacaban Por Triplicado y Los Claxon, estos últimos de Monforte del Cid. La canción no quedó mal del todo, pero sus arreglos de viento y de percusión nos parecieron un poco grandilocuentes.Era una canción con una estructura muy clásica de dos estrofas-estribillo que repetíamos hasta cuatro veces, con una sección de solo con punteo de guitarra en la parte central que alargaba a casi cinco minutos su duración.

La quinta fue seguramente la maqueta mejor lograda de Estancia en Bohemia. En ella había tres canciones que daban cuenta de la incipiente madurez del grupo. Rescatamos una canción antigua como Sana costumbre, que era la más pop de nuestro repertorio y seguramente la más coreada en los conciertos. No soy así y El mal sueño reflejaban el proceso de búsqueda en el que estábamos inmersos en aquel momento. Ritmos potentes, alejados de los presupuestos musicales que habíamos manejado hasta entonces, y que eran producto de la escucha atenta de grupos que comenzaban a llegar de Gran Bretaña y del otro lado del charco.

No soy así – Estancia en Bohemia

La última de todas las maquetas profundizaba en el proceso de transformación que estaba sufriendo el grupo. Las tres canciones que la formaban mantenían un sonido pretendidamente sombrío que se agudizaba con una voz también más grave. Perdidas imágenes de ayer era seguramente la canción que mejor reflejaba esta tendencia. Levántate y Verás qué bien comenzaban también con reverberaciones que enlazaban con la introspección, pero luego su desarrollo era más bien pop.

En los cuatro años de andadura de Estancia en Bohemia, apenas realizamos quince actuaciones. La primera de ellas se celebró en el campo de nuestro bajista, Miguel Ángel Olivares. Apenas habían transcurrido unos meses desde la formación de la banda, pero nosotros estábamos deseosos de salir y dar a conocer nuestro trabajo. Allí se congregaron amigos y curiosos, reunidos para ver el debut de un grupo local a la luz de las estrellas en una noche de verano. Como la mayoría eran amigos, no pudimos comprobar convenientemente el nivel de aceptación que tenían nuestras canciones. Las sensaciones fueron buenas, pero delante de colegas la buena acogida no cuenta. Eso se da por descontado. El aparato fan de Estancia en Bohemia se sustentaba en las diferentes pandillas a las que cada uno de nosotros pertenecía. Una de ellas creó incluso un proyecto de grupo ficticio, Los Bronquios, que nos seguía a todas partes. Se subían al escenario tras la actuación y se hacían retratar en divertidas poses con los instrumentos.

1 En el pub Metro de Aspe tuvo lugar el primer concierto de Estancia en Bohemia

Logotipo del Disco Bar Metro de Aspe

Así pues, la primera actuación oficial se produjo en el pub Metro, en la calle Santa Faz. Habíamos dejado pasar un tiempo prudencial entre aquella experiencia campestre, que nos servía un poco para comprobar cómo sonábamos en directo, y la salida a escena en un local con los recursos más o menos apropiados. Decidimos hacerlo allí porque en aquel momento el Metro era el pub de moda en Aspe, donde nosotros mismos íbamos a bailar la música que pinchaban Pepito y nuestro amigo Lorenzo. Aquello se llenó para la ocasión, cosa nada rara si tenemos en cuenta que el aforo era de apenas unas decenas de personas. Amigos, allegados y conocidos de nuevo. Tocamos trece canciones, con un primer tema instrumental que se llamaba Experiencias sexuales del dr. Livingstone, seguramente lo mejor del concierto.

Seguimos tocando en pequeños locales de música alternativa de Aspe, Novelda y Monóvar, pero cualquier oportunidad era buena para actuar. Lo hicimos en el marco de una Semana Cultural en Novelda, en una fiesta de Izquierda Unida, y hasta en una celebración de cumpleaños en un campo, junto a Rincón Striper. 3 Actuación de Estancia en Bohemia junto a La Cruzada y Popatik Hartzera en NoveldaTambién nos apuntamos al Circuito Rocky pudimos participar con un par de actuaciones en la Sala Directo de Elche y en un pub de La Daya Nueva, en la comarca de la Vega Baja. Aunque no conseguimos pasar a la siguiente ronda, estos conciertos sirvieron para romper el hielo frente a públicos que no conocían el grupo.

Acostumbrados como estábamos a tocar en pequeños locales, la llamada de nuestra amiga Isabel anunciando que había conseguido para nosotros un concierto en Madrid, nos llenó de ilusión y de un cierto temor. Sería en el hall de la Facultad de Periodismo de la Universidad Complutense de Madrid, donde ella estudiaba. Recuerdo que el viaje fue bastante surrealista, incluida una parada de la Guardia Civil de Tráfico en plena carretera -por supuesto, con multa-, y un cambio de hotel a las tantas de la madrugada. Tocar ante unas decenas de personas en un ambiente casi íntimo no era lo mismo que tocar ante una audiencia de cientos de personas a plena luz del día. Pero también suponía darnos a conocer a más gente. Creo que se celebraba la fiesta de bienvenida al nuevo curso. Cuando nos tocó salir a escena, los nervios y la tensión desaparecieron y se trocaron en desenfado y espontaneidad, cosa que ayudó a aliviar la zozobra que sentíamos. Yo iba ataviado con mi vieja camiseta de Smiths y tocado con un sombrero de fieltro que lancé al público en plena actuación, con tan poco tino y tan buena fortuna que cayó en el escenario. Lo rescaté rápidamente, claro, no fuera a ser que algún aprendiz de periodista se apropiara de él delante de mis narices. Ese era todo el riesgo estético que estaba dispuesto a asumir.

Sin embargo, la prueba más importante como grupo la tuvimos en las fiestas de la Virgen del Carmen en El Campello. En un enorme escenario situado junto a la playa, se dieron cita alrededor de dos mil personas para ver al grupo ilicitano Noviembre, en aquel momento en su máximo apogeo gracias a su hit Adiós a las armas. Hoy nadie se acuerda de aquel grupo, pero en 1990 y 1991 sonaban mucho en la radio y realizaron una gira de promoción con varios grupos de la escena nacional en el marco del Super 1 de los 40 Principales. El cantante, Javier Baeza, tenía una buena voz, potente y que recordaba mucho la de Carlos Goñi, el que fuera cantante de Comité Cisne y más tarde de Revólver. Pues bien, nosotros fuimos los elegidos para tocar como teloneros de este grupo. Los miembros de Noviembre nos trataron con cierta camaradería y sus palabras amables nos ayudaron a sortear el reto con templanza. Apenas tocamos cinco o seis canciones, lo justo para darnos cuenta de que existía otra dimensión de sonido, escenario y público que nosotros quizá no volveríamos a tener jamás.

5 Fotografía promocional del grupo NoviembreCartel promocional del grupo Noviembre

La actividad de Estancia en Bohemia tuvo escaso eco en los medios de comunicación locales o comarcales. Adora Antón, una chica de Torrellano interesada por los grupos de música alicantinos, fue una de las pocas personas que se fijó en nosotros. Su labor se centraba en promocionar el rock y el pop de la zona a través de fanzines como A todo rock y El desenlace (a orillas del Vinalopó-rock), hechos con pocos medios y mucha ilusión y esfuerzo. Nos entrevistó en el primer -y no sé si único- número de El desenlace, y tuvimos una frecuente relación epistolar con ella entre los años 1991 y 1992. Las maquetas que le enviábamos las hacía circular por las radios y por los medios escritos de la comarca. En Radio Aspe también nos hicieron alguna entrevista, y en su programación habitual no era raro que sonaran canciones nuestras, extrañamente intercaladas entre temas de Madonna y Pet Shop Boys.

Sajones

Pero las luces se apagan después del concierto y también hubo un final para Estancia en Bohemia. Llevábamos cuatro años, muchos ensayos, poca carretera y un puñado de canciones. Muchas de ellas eran simplemente malas, unas cuantas dignas y apenas dos o tres recordables. Lejos de ser traumático, el fin de Estancia en Bohemia fue casi un trámite necesario. Miguelín decidió marcharse en 1992 con Creyentes, el grupo que nacía de las cenizas de Tierra Prometida, cansado de exigirnos más dedicación. Nosotros estábamos cada vez más apremiados por los estudios y por nuestros respectivos compromisos y no pudimos o no quisimos darle lo que él planteaba. Así que decidimos seguir con nuestro ritmo y según nuestros tiempos. Cambiamos el nombre, sabedores que Estancia en Bohemia había dado ya todo lo que podía dar, y nos decantamos por Sajones. Una declaración de intenciones en toda regla, cambiar el nombre representaba un cambio en el espíritu del grupo y, siguiendo la evolución de nuestros gustos, también un cambio en el estilo.

A partir de ahí nuestras influencias dejaron ver las marcas del pop británico y el rock alternativo, y nos fuimos alejando de las evocaciones del rock progresivo, para acabar destronando el sonido clásico del sintetizador de nuestras primeras canciones. Ahora se imponía el Hammond, que prácticamente estaba presente en todos las canciones, y el wah-wah de Víctor imperaba por doquier. Algunos de los temas de la época de Sajones recordaban a los Pixies o a los Lemonheads, y en otras dominaba el sonido Manchester de Stones Roses, Charlatans o The Happy Mondays. También nos fascinaban grupos como 091, Surfin’ Bichos o La Granja. Hicimos versiones de casi todos ellos, y de todos aprendimos algo. Tanto, que creo que perdimos parte de la chispa que nos caracterizaba cuando éramos Estancia. Es extraño contarlo, pero ahora que habíamos aprendido a tocar, empezábamos a ser otros, porque éramos capaces de enfundarnos en otras pieles con una facilidad pasmosa. A través de la imitación, nos imbuíamos del espíritu del grupo original perdiendo parte de nuestra esencia. Imitar es sencillo, basta con tener ciertas habilidades, y nosotros ya las habíamos adquirido en parte. Lo difícil es evocar con personalidad propia. Por eso nos convertimos en un grupo manierista, “que tocaba a la manera de”.

De cualquier modo, una canción de Estancia en Bohemia no hubiera resistido la comparación con cualquiera de la época de Sajones. El sonido era compacto, casi sin fisuras, sin estridencias, todo estaba en su sitio y hasta yo me redimí afinando cada vez más la voz.

Grabamos un par de maquetas, con apenas un mes de diferencia entre una y la otra. La primera de ellas fue grabada con el Pato de nuevo como maestro de ceremonias en el local de ensayo de la calle María Magdalena, el 26 de diciembre de 1992. Nueve canciones, dos de las cuales eran versiones, Carne cruda, de 091, y ¿Quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos?, de Siniestro Total. El resto eran composiciones propias. Una de ellas en inglés, I want you, y el resto en castellano. El producto nos parecía tan bueno que decidimos dar un paso más. Contactamos con los dueños del estudio de grabación que acababa de abrir en la calle Santa Rita, Horizonte Musical, y acordamos grabar tres canciones. ¿Quién me responde?, la canción más pixeliana de nuestro nuevo repertorio, abría la maqueta. I want you nos parecía una canción elegante, y nos gustaba cómo sonaba en inglés. El tiempo del lagarto, una composición realizada íntegramente por Víctor, con aires manchesterianos, cerraba la flamante maqueta del grupo. La grabación nos costó treinta y cinco mil pesetas y varios días de intenso trabajo. Lo pagamos con dinero procedente de las últimas actuaciones. Esta era la mejor inversión que habíamos hecho nunca, y lo habíamos hecho en el momento oportuno. Antes creo que hubiera sido un error, ya que no teníamos la preparación adecuada. Enviamos la maqueta a Radio 3, y Julio Ruiz pinchó la canción I want you en su programa Disco Grande.

Las exigencias eran cada vez mayores, los ensayos se convirtieron en diarios y no todos pudimos seguir el ritmo. Fran había empezado a trabajar, yo me había marchado a Valencia a estudiar y Víctor resolvió acabar la exigente carrera de Derecho en la Universidad de Alicante. Esto produjo dos ritmos diferentes de trabajo, y al final los acontecimientos se precipitaron. Tensiones no resueltas, un amago de sustituirme con una voz femenina y nuevos votos de continuidad que no llegaron a buen puerto hicieron efectiva la ruptura. Era el fin de una aventura que, entre Estancia en Bohemia y Sajones, se había llevado cuatro años de nuestras vidas.

Un proyecto que, ahora lo sé, fue uno de los mejores de mi juventud. Lo dimos todo y nos embarcamos con todo lo que teníamos, y la experiencia colectiva nos marcó para siempre. Al desempolvar las viejas letras del grupo y escuchar, después de mucho tiempo sin hacerlo, las canciones de Estancia y Sajones, no he podido evitar dejarme llevar por una sacudida de emoción. Eran versos, melodías, nombres de canciones que estaban varadas en la orilla de mi memoria desde hacía dos décadas, y sacarlas a la luz de nuevo me ha producido un efecto parecido a la nostalgia. Son canciones grabadas en cintas de cassette, con medios muy precarios y en condiciones lamentables. Pura prehistoria. Casi todas ellas saturan el sonido en los estribillos, las guitarras con distorsión parecen chicharras enjauladas y algunas canciones poseen agudos tan metalizados que hubiéramos podido sacarles brillo con Aladín. Pero tienen el encanto de lo primigenio, de haber sido capaces de abrir el panorama sonoro local hacia otras latitudes, de haber sido pioneras en Aspe -con permiso de las canciones de Ídolos de Barro- explorando sonidos y experimentando con el pop, de iniciar una senda que luego fue seguida por una buena cantidad de grupos en el pueblo y, finalmente, de normalizar en el plano local una manera de expresión musical que canalizaba las inquietudes de un importante sector de la población juvenil en Aspe.

Gracias a todos mis compañeros de Estancia en Bohemia y Sajones: Javier Aznar, Fran Cremades, Víctor Cremades, Miguel Ángel Olivares, Miguel Verdú y Vicente Vives, a quienes debo mucho más que su colaboración enmendándome errores o completando información. El aliento de cada uno de ellos ha estado presente en la elaboración de cada línea y cada párrafo de este artículo. Gracias también a Francisco Molina, el Pato, por su entrega y dedicación, siempre abnegada.

Maquetas

Estancia en Bohemia

1ª:

    • Después de todo

    • No está bien

    • Con la lluvia

    • Entre olor de humo y de café

2ª:

    • Luna llena es mi corazón

    • Sana costumbre

    • Tan distante

    • Vivir y morir en el norte

    • No te preocupes por mí

    • Cálido fondo de malva

    • Tan distante

    • Las causas perdidas

    • Qué quieres de mí

    • Estancia en Bohemia (versión EB)

    • Estancia en Bohemia (versión Pato)

4ª:

  • Vuelan palomas

5ª:

    • Sana costumbre

    • El mal sueño

    • No soy así

6ª:

    • Perdidas imágenes de ayer

    • Verás que bien

    • Levántate

Sajones

1ª:

    • El jardín de los sueños

    • ¿Quién me responde?

    • Carne cruda (091)

    • Cenizas y marfil

    • I want you

    • El tiempo del lagarto

    • Creer que despierto

    • ¿Quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos? (Siniestro Total)

    • Nena

2ª:

    • Quién me responde

    • I want you

    • El tiempo del lagarto

6 Comments

  1. Muy bien documentado, me has hecho recordar momentos olvidados que me han devuelto a mi juventud por unos minutos y seguro que a muchìsima gente que vivieron aquellos años.Enhorabuena.

  2. la verdad., es bueno refrescar cosas de esa epoca y los recursos que habían
    para poder hacer esa musica tan buena, me a gustado mucho, felicidades

  3. la verdad., es bueno refrescar cosas de esa epoca y los recursos que habían
    para poder hacer esa musica tan buena, me a gustado mucho, felicidades

  4. la verdad., es bueno refrescar cosas de esa epoca y los recursos que habían
    para poder hacer esa musica tan buena, me a gustado mucho, felicidades

  5. Demasiao empalagoso el rollo, espero que la 2ª parte sea mas breve o mejor aun inexistente! 🙁
    PD. Pato pelota!!!

  6. Enhorabuena! Mauro!
    Lástima no haber estado más cerca para vivirlo como tu lo has hecho y expresarlo paso a paso desmenuzando lentamente una parte importante de la historia de tu vida.
    Es importante que sepas que tú tienes canciones propias que son la banda sonora de tu vida y eso es imborrable.
    Saludos.

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