Cultura independiente — 22 abril, 2014 at 8:13 am

Capitán América (I) Los años aspenses

dulcegajo

“Lo difícil de un músico es sonar a sí mismo”

Miles Davis

“Oigo el sonido del cangrejo,

hacia atrás, hacia adentro…”

Surfin´ Bichos

 Vicente Vives

 

  1. 0.      Antecedentes (de todo lo que vendrá después)

 

Este viaje de “regreso al pasado” musical—hacia atrás, hacia adentro— con ese DeLorean en dirección inversa que es la memoria, frágil vehículo sin duda,  nos lleva al año 1993. Aparecer de repente en tales coordenadas espacio-temporales resulta un peligroso ejercicio para quien esto escribe, porque corre el riesgo de caer en la nostalgia y en la trampa de pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor, sobre todo si es el tiempo de la cegadora luz de la juventud, el de las risas auténticas y el de las arrebatadoras ilusiones que cuatro soñadores mantuvimos contra viento y marea. Por entonces dos de ellos ya llevábamos a las espaldas muchas horas de ensayo en locales y de proyectos musicales compartidos, pues habíamos sido parte esencial de Estancia en Bohemia y, luego, de Sajones; grupos que fueron cambiando de formación, es decir, de amigos músicos que desaparecían, según ocurrían contrariedades y avatares, como un intempestivo viento arranca los pétalos de una flor. Todos acabaron marchándose salvo nosotros, siempre aferrados a la idea de seguir adelante. Incluso mucho antes a todo esto —y son secretos que, si confesables, sonrojan— ya compartíamos una misma quimera, rememorada muchas noches cuando, de regreso a casa tras el ensayo con la banda de música Maestro Gilabert, el adolescente corrillo de amigos charlábamos animosamente, antes de la cena recalentada, bajo la luz de las farolas en la esquina de la casa de Roberto Castelló (Pasota) sobre tener una banda, mientras cada cual elegía un instrumento e imaginábamos la algazara del público al hacer nuestra entrada en un escenario. Desde luego, aquel delirante deseo de protagonismo era fruto de la ingenuidad adolescente con la que queríamos imitar a nuestros grupos favoritos, después de haber oído cintas y vinilos (Supertramp, Leño, The Police, Dire Straits, Scorpions, etc.) o de haber visto la hipnótica estética de los videoclips ochenteros y —por qué no reconocerlo también— haber oído las machaconas canciones de las radiofórmulas de la época.

Aquellos dos músicos, sin grupo tras la repentina disolución de Sajones, decidimos, inquebrantables, una tarde del verano del 93 en el pub La Estación, mientras tomábamos café y oíamos canciones de moda eterna (Happy Mondays, Suede, Primal Scream, Oasis, Stone Roses, Inspiral Carpets, Pixies, Lemonheds, The Posies, Yo la tengo…), junto a otros corrillos de amigos y conocidos que allí también cafeteaban y fumaban, seguir con nuestros planes musicales. Cuando lo fácil hubiera sido plegarse ante la adversidad de semejantes circunstancias, sellamos un pacto y no renunciamos a nuestros sueños adolescentes, costase lo que costase, pasara lo que pasara: seguir siendo fieles a aquel anhelo lejano que dios sabe de dónde nos vino. Sentíamos que había que proseguir con una tarea musical que se nos había quedado bruscamente truncada, inacabada, interrumpida. Sin duda, estos dos tipos de veintitantos años —digamos ya sus nombres para quien aún no los sepa: Míguel y Vives— tenían ganas de complicarse la vida; sí, tenían muchas ganas de marcha. Y decidimos allí mismo, bajo el amparo de las canciones, casi sin instrumentos ni local de ensayo, reinventarnos de nuevo, como adanes artísticos, y trazar un nuevo rumbo con nuevos miembros: la dirección no nos importaba, aunque el fin sí lo teníamos muy claro: dar rienda suelta a nuestros instintos y emociones.

Así que, de las cenizas humeantes todavía de Sajones, emergió Saint Malo, una formación que duraría una brevedad: lo que se tarda en comprobar que aquello no tendría mucho futuro. Saint Malo, no obstante, fue un auténtico taller sonoro en el que, sin saberlo, se iba gestando el grupo de verdad superhéroe, quiero decir, superviviente. Los componentes éramos Miguel Ángel Olivares (Payo) y Vicente Vives (Peavey), a los que se añadieron otros dos a quienes no hizo falta convencer, pues fue como si nos hubiesen estado esperando desde siempre: ellos son Raúl Urios (Rulo) y Sergio Puerto (Canalla). Cómo no recordar la irradiante sonrisa de este último en el pub Mitropa de Monforte (donde nos dio por ir una temporada) cuando le contamos nuestros planes y él ya se veía dentro. El quinto componente de Saint Malo, Miguel Ángel, el Pera (y primo de Rulo) fue un añadido necesario para poder funcionar; poco antes había tocado la batería con Los Guijarros, y ya sin grupo, estuvo con nosotros compartiendo un repertorio en el que ya nadie tocaba el instrumento de antes: Míguel pasó del bajo a la guitarra y Vives, del piano a la voz solista; Rulo se sumó —con todo su desparpajo— a tocar una guitarra eléctrica que sólo había probado meses antes con su grupo fantasma, Los pezones, quizá para apuntarse una experiencia de músico rockero con la que ampliar su hasta entonces breve currículum; y Sergio se ocupó del bajo aunque, para hacerlo, solo contaba con un curso acelerado de rasgueo de guitarra española en el salón de la casa familiar. El Pera, francamente, hizo lo que pudo ante un atronador combo de amigos que partía de unas circunstancias musicales de lo más naif. El cambio dio origen a un sonido distinto, algo más grunge (Nirvana entonces sonaba por doquier) y garajero, algo más punk e infinitamente más fresco que el buscado manierismo de Sajones. Blue Caimanes fue la otra cara de la escisión, que arrancó meses después con un repertorio de versiones blues y soul, sin muchas pretensiones y con un fin bastante claro también: matar el gusanillo.

La vivencia musical de Saint Malo nos dio para muchas horas de ensayo, tres conciertos y el paso fugaz por unos cuantos locales de ensayo. Los conciertos se sucedieron en bares de pequeño aforo en Monforte (Mitropa), Aspe (La Estación) y Monóvar (El Patio de Jonás). E incluso, ante la evidente falta de medios técnicos, los músicos ejercimos ese verano de improvisados vendedores de botes de refresco por las arenas de Santa Pola y Playa Lisa para sacar algo de dinero y comprar un barato equipo de sonido. El resultado fue, sin embargo, una ingesta masiva en cada ensayo de coca colas, fantas, cervezas y 7up no vendidas y la exhibición de un moreno gitano en los rostros que llamaba la atención. Gente sin complejo que, aunque no lo pareciera por hechos como el anterior, nos tomábamos la música muy en serio mientras nos curtíamos en los nuevos instrumentos y en dar alguna forma a lo que de ellos salía. La alquimia guitarrera, también vital, entre Rulo y Míguel comenzaba a dar sus primeros frutos, si bien no sabíamos quién ejercía todavía de guitarra rítmica y quién de solista, pues los dos se enredaban en las cuerdas de sus guitarras y creaban un vertiginoso remolino sonoro que, en ocasiones, erizaba el alma y, en otras, ponía de los nervios. Eran las probaturas, el ensayo y error necesario para que cada uno explorara sus límites. Sergio, curtiéndose a pasos agigantados en su digitación, se iba acercando cada vez más a su flamante papel de bajista y la voz de Vives, que intentaba discurrir melódicamente por aquel acantilado de sonido, no acababa de cuajar y destacar suficientemente.

La metamorfosis de Saint Malo en Capitán América se produjo al año siguiente. Simplificamos y hubimos de sacrificar (musicalmente) al Pera: de cinco miembros pasamos a cuatro. El afónico cantante dio un paso a atrás y se encargó de los ritmos a la batería. De nuevo, una vuelta más de rosca y fue Míguel quien se puso ante el micro con su indómito torrente vocal: se desterró la figura del cantante solista que nos había acompañado desde muchos años atrás con José Mª Candela en Estancia en Bohemia y Sajones. Otra vez a aprender a marchas forzadas desde otro ángulo; pero ahora sí, sentíamos que éramos un grupo de rock, o de pop, o de lo que diablos fuera aquello. El 23 de abril de 1994 aquellos cuatro intrépidos nos subíamos al escenario de un festival local, Denver (fiesta que los neocatecúmenos aspenses llamaron así para celebrar su marcha a esa localidad americana a cuyas jornadas de juventud asistiría el Papa polaco Woitila), en unos terrenos baldíos junto al cuartel de la guardia civil y cerca de lo que hoy es el pabellón municipal, a asustar al personal de a pie que, estupefactos, miraban y oían desde el fondo qué hacíamos allí. De aquella primera actuación constatamos que, al menos, sabíamos hacer algo bien: no dejar indiferentes al público.

  1. 1.      Antes de la partida (los años aspenses)

Los primeros ensayos de Capitán América fueron tan excitantes que parecíamos enloquecer en cada uno de ellos, émulos de todos los grupos que nos gustaban (y eran muchos); ya teníamos cada uno un instrumento de mejor o peor calidad con el que hacer un ruido rotundo y, desde ahí, intentar componer una música potente y musculosa. El dúo guitarrero iba espesando a propósito los acordes con artefactos y numerosos pedales (distortion, flanger, wah wah); se iban oscureciendo los pasajes de las canciones y enturbiando el tono lírico de las letras, siempre en castellano, dando rienda suelta a nuevas sensaciones musicales que, lejos de lo que hicimos en las formaciones anteriores, venían a coincidir con conceptos sonoros que otros grupos coetáneos de lejanas tierras proponían también por entonces como Australian Blonde (Gijón), El inquilino comunista (Guetxo) o Los Planetas (Granada), quizá con más acierto y proyección. De hecho, los granadinos pronto serían reconocidos como el grupo indie nacional de referencia y en 1994 se embarcaría en giras que pronto llegaron también a Aspe por la inestimable intervención de Lorenzo Molina, quien, casi siempre acompañado de Óscar (Mosca), se convirtió en el intrépido guía espiritual de eventos y de movidas alternativas varias que animaban —y de qué manera— el cotarro aspense. Así el sábado 28 de enero de 1995 Los Planetas vinieron a compartir cartel con Rincon Striper y Capitán América al Bloke Indie, casa situada a la salida del pueblo en dirección a Novelda, que por unos meses también fue nuestro local de ensayo e improvisada sala de conciertos indies (por allí también pasarían luego los catalanes Parkinson D.C. o los granadinos La Especie Sub) en los que se juntaba la flor y nata de la juventud alternativa del pueblo. Juventud que también se reunía todos los fines de semana en un nuevo recinto, Gurú (Guarico-Guakía), que Ernesto Castell y Tomás Alenda —un dúo de lo más dinámico— abrieron por aquellas fechas en la esquina de la calle Kennedy, en lo que había sido para generaciones anteriores el mítico Martin´s. Siguiendo la estela de La Estación en sus mejores momentos, Gurú recogió el guante de la buena música independiente (brit-pop, noise-pop nacional, power-pop y rock americano) y también de los excesos generacionales, pudiendo decir a boca llena que allí fuimos condenadamente felices. A este disco-bar acudían con mayor o menor asiduidad quienes tocaban en los grupos locales de la época; incluso amigos foráneos acogidos en sana hermandad, como ocurrió con Elías, un corpulento y melancólico chico pinosero-ilicitano que por entonces tocaba en Narcolepsia (y hoy en Perro Asirio).

BLOKE INDIE CAPITÁN

Entrada festival bloqueindie celebrado el 28 de enero de 1995

Todo aquí iba pasando entre la rutina de los ensayos y las escasas oportunidades de tocar en directo. Así que tanto a Capitán América como a Alternative Scream nos tocó en suerte liderar una escena anodina con la que queríamos romper y poder fichar con algún sello discográfico, como oíamos que ocurría con otros tantos grupos noveles que sonaban en Radio3. Programas como Disco Grande de Julio Ruiz (todavía hoy en emisión) o el Diario Pop de Jesús Ordovás eran los referentes de quienes deseábamos fervientemente tener una oportunidad y tocar allende de nuestros límites geográficos. Estos dos grupos, hermanados musicalmente, quisimos llegar a ese más allá al que las ondas de radio —como las sirenas a Ulises— nos invitaban a cruzar. Ese empeño nos llevó a participar en la convocatoria del concurso Circuit Rock de la Comunidad Valenciana del año 1995, en la que quedamos finalistas por la provincia de Alicante Alternative Scream, Posers (Alicante), Orgasme (Bañeres) y Merry Melodies (Elda) y dirimimos nuestro pase tocando en la sala Rockópolis (Alicante) en diciembre. La gran sorpresa la dio Alternative Scream que se plantó en la gran Final del Circuit Rock junto a dos grupos valencianos, Ciudadano López y La Habitación Roja, celebrada en una espectacular sala de Valencia, el Arena Auditorium, con un equipo de sonido impresionante, pues cerraba el potentísimo grupo norteamericano Sugar Ray. La ocasión merecía  que saliera un autobús del pueblo para asistir al evento. Y allí estuvimos también, esta vez no como rivales en liza musical, sino como simples espectadores de aquellos “hermanos” pequeños (tan grandes en lo musical) y muy atentos a la lección de actitud que estaban dando Ángel Boronat (Lillo) a la guitarra y voz, César Cantó a la otra guitarra, Ramón Cerdán (Baci) al bajo y Jorge Valero a la batería. Allí estábamos, sí, pero tragando saliva.

CIRCUIT2

Por su parte, Capitán América habíamos grabado una primera maqueta titulada Aventuras vol. I, a cargo del de siempre, Francisco Molina (Pato), realizada con su equipo en el Bloke Indie, poco antes de abandonarlo. Era aquella una cassette que contenía todas las canciones de nuestro heterogéneo repertorio de entonces, más cerca de un estilo sin filtros, bronco y punkarra, que de verdaderas canciones ajustadas a formas de composición más meditada. Allí había canciones de diverso pelaje, casi todas con pasajes distorsionados o machacantes ritmos que debían ser matizados o directamente censurados: más que canciones eran simples bocetos a los que les dimos pábulo y carta de naturaleza musical. Justo en sentido inverso al ascenso de Alternative Scream, que por aquella época gozaba del respeto de la troupe alternativa aspense, nuestros resultados fueron en declive y aquella primera maqueta resultó ser un sonado fracaso, pues, enviada a numerosas revistas musicales para su reseña, sólo lo fue en un fancine underground valenciano, Wah Wah, cuyo crítico, Manolo Rock (de quien no sabíamos nada entonces y del que luego lo supimos todo), nos puso a parir dando pie a una depresión colectiva que nos hizo meternos de verdad en el local de ensayo y no salir hasta que las cosas sonaran mejor. Y es que, desde nuestro debut, la falta de una auténtica autocrítica, arrollados por la novedad de una formación que tocaba sin complejos lo primero que se les ocurría, fue letal. Aquella crítica hurgó en la llaga: “Para algunos grupos los pedales de distorsión deberían venderlos en las armerías (…)”; y, desde luego, nos puso en nuestro sitio.

A partir de aquel varapalo, el grupo se centró en un trabajo metódico que nos llevaba a pulir las nuevas composiciones como nunca antes habíamos hecho y entramos, paradójicamente, en un momento dulce de creación. La amarga medicina nos puso las pilas y eso se lo deberemos siempre a Manolo Rock (quien fuera antaño manager de Surfin´ Bichos, taxista en Valencia y activo militante de la cultura musical subterránea en esa ciudad). De los anárquicos ensayos en el Bloke Indie, pasamos a un nuevo proceso de ensayo donde la disección y la repetición de canciones —muchas ya de ellas nuevas— o de versiones nos llevaban a querer sacarles casi obsesivamente su verdadera alma. Durante horas y horas, tantas como las que caben en una larga tarde, las pasábamos tocando, con varios descansos para dosificar el esfuerzo; el sudor y el húmedo sofoco ambiental del semisótano en el que ahora ensayábamos era la prueba más evidente de aquel tremendo esfuerzo diario. Trabajo de atletas musicales con el que íbamos adquiriendo un fondo de resistencia espectacular. Toda esa tarea la hicimos en un local mucho más pequeño, compartido con los Creyentes (poco antes Tierra Prometida), en el CIJA de la estrecha calle San Pedro, una húmeda cripta a la que, como cavernícolas, acudíamos tarde tras tarde a saciar nuestro instinto musical espoleado por una crítica negativa que el tiempo y nuestro tremendo esfuerzo se encargarían de desmentir.

Corría el verano de 1995 y nos pusimos otra meta inmediata: grabar una segunda maqueta con una selección de lo nuevo, bastante más convincente y elaborado. Estuvimos ensayando a piñón meses y meses hasta que en octubre del 95, aprovechando los días festivos del puente, nos fuimos a Valencia a grabar: el dinero (pesetas en aquella época) lo ponían dos incondicionales amigos, los dueños de Gurú, fieles devotos de nuestro grupo y padrinos de nuestro proyecto, cada vez más sólido. Más valía no fallar esta vez, porque todo estaría perdido.

La decisión de grabar aquella maqueta, como muchas de las cosas que nos iban a pasar sin saberlo, fue un regalo del destino. El hermano de Sergio, Rafa Puerto —ambos estudiaban y vivían entonces en la capital del Turia, en el famoso piso de Linterna 13, donde estaban viviendo también otros aspenses amigos como Marcos Rubio y Mira Bernabeu—, conocía a un tal Adolfo Barberá, que tenía un pequeño estudio en Valencia, de nombre Foxy, en la calle Sanchís Bergón,  situada extramuros y cerca de las torres de Quart. Aquel tipo, lo supimos después, fue guitarrista del afamado grupo ochentero valenciano Glamour (y antes exDoble Zero y componente de otras formaciones valencianas de finales de los 70), que llegó a tener cierto éxito por los años de la movida madrileña.

Los días del 9 al 18 de octubre de 1995 estábamos liados entre cables, cascos y tomas inmortalizando cinco canciones: El Espíritu genial, Desorden de mi ser, A placer, El sueño azul y Voy contigo. Una casualidad más del destino: no fue Adolfo quien nos grabó, sino que encargó la tarea a otro conocido suyo que hacía las labores de aprendiz de estudio: se trata de Dani Cardona, persona que devendrá fundamental en la historia del grupo. Fue él, un tipo callado y de sonrisa amable, sigiloso observador, quien canalizó la química de cuatro tipos desbocados detrás de los potenciómetros de una impresionante mesa de sonido. Nosotros solo sabíamos de él entonces que venía en moto al estudio, que se quitaba la chupa y el casco, y se dejaba contagiar durante las largas sesiones de grabación de nuestra energía. Más tarde descubrimos que era el batería de Una Sonrisa Terrible (y antes un ex de Los Flacos). Fue él quien alertó a su bajista, Julio Milla, de que estaba grabando a unos tíos de un pueblo alicantino que les sonaba a Los Planetas y que las melodías y guitarreos estaban cerca de sus grupos de referencia (The Velvet Underground, Neil Young o Television, músicos norteamericanos que a ellos les fascinaban, pero que a nosotros nos sonaban entonces a chino mandarino). Julio aparecía esporádicamente en algunos momentos de las sesiones, tras su trabajo como cocinero; llegaba, se sentaba, miraba, oía y parecía comprobar lo que su amigo Dani le había dicho.

El espíritu genial – Maqueta A Placer (Capitán América)

El resultado de la maqueta, titulada A placer por cómo sentíamos la vida, nuestras vidas, fue más allá de lo esperado; no sólo por el sonido sino por la experiencia vivida y la dimensión que como grupo descubrimos allí mismo; algo parecido a una catálisis psicológica por la que entendimos que no sólo éramos una suma de las partes, sino que, al ponernos cada uno tras su instrumento, parecía que dábamos vida a un ente poderoso que nos sobrepasaba: ¿era ese aquel “espíritu genial” con que abríamos la grabación? Al sonido de la maqueta, que incorporaba canciones compuestas individualmente y entre todos, se unió su lograda portada: una colorida foto de golosinas entre las que había cuchillas de afeitar: toda una estética metáfora visual de lo que la música contenía, pues, bajo el pop dulce que parecía predominar en las melodías y en los adornos vocales de los coros, se escondía el afilado tajo del dolor y del desorden (“Mírame bien y verás que un abismo se abrió en mis ojos y en mi voz…”), de inconfesables sensaciones e ignotos pactos vitales que nos iban a unir de por vida a quienes allí estábamos (“voy contigo, y, si el cielo va a caerme, no, no voy a correr”). Aunque la idea de la portada fue nuestra, el montaje técnico y las copias corrieron a cargo de la empresa de diseño gráfico Creature.

Voy Contigo – Maqueta A Placer (Capitán América)

La primera actuación, tras los intensos días de grabación, fue en la sala Villena Rock, junto a Alternative Scream. Llegados directamente del estudio de Valencia, con la adrenalina por las nubes, ante el primer público (había amigos del pueblo entre los asistentes) que nos veía después de aquella metamorfosis alquímica en Foxy, no pudimos reprimir nuestro estado de excitación y poner en práctica todo lo aprendido en el estudio, incluida aquella actitud heroica, de darlo todo, que nunca nos abandonaría en los directos que estaban por venir. Fue dar los baquetazos de inicio y la nave espacial de nuestra música despegó hacia lo alto; las miradas cómplices, los pasajes tocados con hondura anímica, la sensación inigualable de estar conectados en una armonía sónica, la voz de Míguel sobrevolando los acordes de las guitarras, entrando y saliendo de las pantallas de acoples, el colorido de los coros en los estribillos, el ruido atroz de los instrumentos, la maravillosa consciencia de ser de verdad un grupo con canciones verdaderas. ¡Qué lejos quedaba aquel primer debut de este otro concierto! El final de la actuación fue una memorable apocalipsis sónica, con rotura de cuerdas mientras atronaban los amplificadores y el parche del bombo reventaba por el impacto de una guitarra; nosotros empapados en sudor (hasta hubo verdadera sangre) y el público, de nuevo perplejo, manteniéndose a una distancia prudencial para arrancar, al final, en tímidos aplausos que fueron creciendo en intensidad al ver cómo acabamos.

Villena Rock

Semanas más tarde, hicimos otra actuación en Gurú de Aspe, donde pudimos vender casi todas las cassettes de la maqueta a un público entregado. Y poco después, diciembre quizá, fuimos a Madrid los cuatro capitanes y los dueños de Gurú, aprovechando que Chucho (la nueva formación de Fernando Alfaro tras la disolución de Surfin´ Bichos) hacía su debut en la sala El Sol, a la que acudimos con algunas copias para repartirlas entre algunos críticos de Radio3. Alojados en una tétrica pensión, cerca de la concurrida Plaza del Sol, allí quedó para siempre el regalo entre cortinas que el incorregible Ernesto dejó en señal de recuerdo. En la puerta de la sala estaba aquella noche Julio Ruiz rodeado de algunos músicos con los que charlaba en voz baja y, allí mismo, sin protocolos, le hicimos entrega de una copia sin mediar muchas palabras: “toma, Julio, esto es para ti; escúchalo”. Dentro, y después del concierto, Tomás y Ernesto abordaron a Jesús Ordovás, que se llevó también su cinta correspondiente. Y como colofón al exceso de la noche, el paseo nocturno en coche por El Retiro, que fue de lo más surrealista y psicodélico. Al día siguiente, recorrimos los pasillos de RTVE y dejamos también alguna que otra cinta en manos de José Miguel López (Discópolis). Este crítico tuvo la deferencia de ponerla unos instantes en el reproductor y pasados unos compases dijo que, por el tipo de música que hacíamos, podría convenirnos la discográfica Locomotive Records (sello de algunos grupos heavys emergentes como Mago de Öz, los valencianos Transfer, Boikot, etc.). Nunca supimos si aquello era ironía fina o si, en verdad, él estaba oyendo lo mismo que nosotros.

Aquella promoción casera dio sus pequeños frutos poco después, pues en una de las noches de febrero de 1996, Julio Ruiz hacía sonar en Disco Grande la canción El espíritu genial y nos reseñaba en su conocido espacio radiofónico. Las cosas, señoras y señores, parecían estar cambiado de verdad al fin. Además, la maqueta, que había sido entregada a un locutor de Radio Nova (Valencia), Simó Aguilar, la noche en que Alternative Scream tocaba en Arena, acabó siendo finalista del concurso de maquetas de su programa A la nostra Marxa, junto a otros dos grupos (Metall i so y Lejos Pirata). El premio fue, a parte de la entrevista en el programa, una actuación conjunta en la sala Roxy (Valencia) a la que acudió mucho público. La reseña de aquel concierto apareció el lunes 18 de noviembre de 1996 en El País (sección Comunidad valenciana) a cargo del crítico Daniel Grau, quien ya por entonces nos “predecía un suculento futuro”. También, en marzo de ese año, salía publicada en la revista Rock de Luxe una breve crítica de la maqueta, pero esta vez con una opinión mucho más favorable, pues nos consideran “alumnos aventajados (de Surfin´ Bichos y de 091), pueden y deben seguir su propio camino”. De hecho, el efecto fue inmediato, ya que se empezó a contar con nosotros en eventos musicales en los que otras bandas alicantinas participaban, como ocurrió en el certamen-concurso Rock-Alacant (en la sala Villena Rock) el 16 de marzo.

Sin embargo, a finales de ese mismo mes ocurrió el acontecimiento más importante del grupo: se trata del concierto que dimos en la pequeña sala Ático de Albacete, junto al grupo local Creme Brûle, que, como nosotros, había tenido su espacio por aquella época en el programa de Julio Ruiz. En la sala estaban todos los miembros de Surfin´ Bichos, ya escindidos en Chucho y Mercromina: Membri (Joaquín Pascual) sonorizaba el concierto y Fernando Alfaro asistía con un halo de magnetismo junto a su mujer y sus nuevos bajista y batería. Aquel concierto dio un empujón definitivo a nuestra incipiente trayectoria, pues cuando los instrumentos se apagaron tras una actuación memorable, Dani Cardona que había ido a vernos junto a su novia de entonces (Isa, la cantante de Una Sonrisa Terrible), nos reunió y nos propuso grabar un disco en su nuevo estudio, Experience Records, que acababa de alquilar en Alboraya a su amigo Salva, productor de los prometedores valencianos Furius Planet, dando así sus primeros pasos en la exitosa carrera de técnico que más tarde desarrollaría. Aquella misma noche en la que “conquistamos” Albacete, pues la conjunción de la puesta en escena del grupo rozó la perfección e inolvidable fue la versión interpretada de la canción La oración del desierto con la que cerramos la actuación, dijimos a Dani que sí, que contara con nosotros, aunque andábamos cortos de canciones para grabar un Long Play; de hecho, Míguel le comentó que sería mejor hacer un EP con cuatro o cinco temas, y él insistió, que no, que un disco. Al final pudimos preparar ocho canciones para nuestra puesta de largo. Y aun nos quedó tiempo para tocar en octubre del 96 con Barón Rojo en el campo de fútbol de Villarobledo (Albacete).

La grabación del disco se inició en la primavera del 96. En abril o mayo ya andábamos haciendo nuestras primeras subidas a Valencia, comiendo pasta a manta y durmiendo lo que se podía en el piso de Linterna 13, para mayor inri de sus tranquilos moradores. Primero nos iniciamos con las bases rítmicas y los bajos, luego las guitarras, arreglos y voces. Algo que pudo ser sencillo se nos convirtió, poco a poco, en una tarea compleja que se iba demorando, alargando y retorciendo en el tiempo; a través de periodos intermitentes fuimos dando capas y capas de sonido, tomas que se repetían y eran definitivas, otras que quedaban en espera de ser mejoradas. Y en el recuerdo los días interminables de aquella grabación, tan especiales y emocionantes: por las mañanas acudíamos en bus de línea a Alboraya con el correspondiente acopio de comida fast, tabaco y bebida para la sesión; luego la comida en un chino de la zona y el café en un barecillo de entrañable gente mayor situado en una esquina de la avenida Ausiàs March, donde también se hallaba el estudio; allí solíamos comentar el trabajo realizado y aliviar las tensiones que provocaban las horas de grabación con chascarrillos del ambientillo musical valenciano, que muy poco después habríamos de conocer de primera mano. Dani era un profesional como la copa de un pino y sacó lo mejor de nosotros, junto a su amigo Julio, que también participaba en muchas decisiones de ejecución y sonido. Algunos pasajes le ponían tan cardíaco que, al oírlos, gritaba exultante “escucha: esto es heven, heven”, mientras se llevaba los dedos a los labios. Sabían más que nosotros, debíamos hacerles caso aunque no entendiéramos del todo lo que nos pedían. Todo iba decantándose hacia un sonido “made in Cardona”, velvetiano, aterciopelado y elegante que iba enterrando líneas de guitarra y dando un leve predominio a los graves envolventes; él ya nos conocía de la maqueta anterior y supo dejarnos trabajar a nuestro aire, mientras él urdía pacientemente su tela de araña sónica como demostraban sus mezclas de pistas, mezclas que duraban horas y horas, al margen de las empleadas en la grabación. El disco, titulado dulcegajodelimón, así, todo junto, contenía ocho canciones que nos agotaron a todos, pero fueron ocho canciones para la gloria (efímera, claro): Desorden de mi ser, A placer, Por mundos desconocidos, El niño que fui, Rey Mermelada, El sueño azul, Está cerca y Habitación 103. Fueron el alimento de nuestras almas, la materia real de nuestros sueños. Casi un año después; sí, un año, para el verano del 97, el disco estaba listo.

Su presentación en Aspe se realizó con un concierto en el que aprovechamos para vender en un improvisado tenderete las primeras copias que, recién editadas, Julio Milla (el amigo valenciano de Una Sonrisa Terrible) trajo en cajas desde Valencia; el concierto se realizó en agosto en el patio del colegio Doctor Calatayud en plenas fiestas patronales de un año impar y dentro de los espectaculares “bakanales rock” que los jóvenes de la comparsa Aljau organizaban. Por entonces, los miembros de Capitán América ya se habían trasladado a Valencia a vivir o, mejor dicho, a intentar sobrevivir. Desde luego, allí ocurrirían los mejores momentos del grupo y las indelebles experiencias que habrán de perdurar en nuestra memoria.

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