Cultura independiente — 2 mayo, 2014 at 7:52 am

Capitán América (II) De la Explosión Naranja a la diáspora

capitán grupo

 

Vicente Vives

Aquella idea de partir la llevábamos meditando desde que comenzamos a grabar el disco, pues las perspectivas de seguir en el pueblo no eran muy halagüeñas, salvo las de seguir inmersos en nuestras rutinas desquiciantes. La marcha a Valencia de buena parte de amigos de nuestra promoción años antes (incluso a Londres, como decidieron hacer Marcos Rubio o Víctor Cremades, guitarra de Estancia en Bohemia y Sajones, con sus carreras universitarias recién acabadas), la vuelta de Sergio a la ciudad del Turia, quien estaba acabando Psicología y las nulas perspectivas de poder encontrar trabajo y rodearse de un entorno más activo para llevar a cabo nuestras vidas de músicos, hicieron que los Capitán y Tomás Alenda, uno de los dueños de Gurú, se lanzasen a la intrépida aventura vital de trasladarse a la ciudad y cambiar de aires. ¿Quién dijo miedo?

En octubre de 1996, Sergio y Vives ya estaban compartiendo habitación en el piso de la calle Linterna, 13. El primero estaba en quinto de carrera y el segundo había comenzado a dar clases en un colegio privado en el centro del Carmen, donde se iniciaba en el mundo laboral por un sueldo de subsistencia. Esta media mitad de los Capitán tiraba para que la otra parte dejase Aspe lo antes posible y comenzáramos nuestra nueva etapa urbanita. Por esas fechas, Tomás (el quinto beatle) andaba buscando un garito para montar el Gurú valenciano: su cabeza, como las nuestras, bullía en ideas. Linterna 13 fue nuestro refugio (como ya lo fue en la grabación de la maqueta y parte del disco) durante noviembre y algunos días de diciembre, mes este último en que nos mudamos definitivamente a nuestro piso de alquiler; de hecho, durante aquella estancia, el caos se instaló repentinamente en aquel mítico piso y, lo que fue peor, en las vidas de sus legítimos moradores de entonces (Mateo, de Cartagena; Paco, de Murcia; Rafa, hermano de Sergio, de Aspe; Manolo, de Novelda). Finalmente, en diciembre del 96, alquilamos una camioneta con que transportar los bártulos desde Aspe y llenar nuestro flamante piso situado en la calle Cuenca, 45, frente a unos cines porno, en el barrio de Patraix. Comenzaba aquí nuestra vida independiente en una gran ciudad y allí ocurrirían infinidad de anécdotas y vivencias, que es mejor no contar.

A inicios de 1997, el Gurú valenciano ya estaba funcionando en una esquina del barrio medieval del Carmen, frente al Mitjanit y el conocido bar de ambiente heavy Welcome. Gurú pasó a ser, al poco de su inauguración, un singular garito de referencia en la movida valenciana por el que pasaron no solo muchos miembros de grupos valencianos, sino también de otras capitales —como los jiennenses Automatics— que acababan allí después de dar algún concierto, así como del público en general, atraído por su exquisito ambiente musical. Incluso también fue motivo de visita de algún insigne crítico musical, como Juan de Pablos, el carismático locutor de Flor de pasión de Radio3, quien estuvo una noche pinchando su repertorio de pop yeyé. Generalmente los que acudíamos asiduamente a Gurú salíamos con un tono excelente (o, mejor dicho, entonados) para seguir danzando por las discotecas de moda de la ciudad como Barraca Bar. De allí salíamos, como dice la canción, con unas cuantas copas de más mientras nos creíamos eternamente jóvenes y dichosos.

Por su parte, Capitán América había comenzado a ensayar en la pequeña sala de una nave industrial a las afueras de la ciudad, regentada por un tal Crespo, un señor mayor, aunque a quien siempre se veía por allí era a su encargado Juan (pancido caracol, así lo llamábamos de broma por su aspecto tristón), que vino con nosotros a algún concierto. En aquella nave muchísimos otros grupos ensayaban: Los Magnéticos, Moo, Ceremonia, Las Máquinas, entre otros; y con ellos mantuvimos una relación cercana. Allí instalamos nuestro cuartel central y a diario hacíamos el recorrido a pie para ensayar durante toda la tarde. El ritual siempre era el mismo: Sergio venía de su nuevo piso —dejó de alojarse en Linterna y se marchó con otro Sergio (Mira, el Rata) a un piso en el barrio de Ruzafa— y esperaba, mientras todos tomábamos café, a que Rulo acabase de despertar de su inacabable siesta. Eran momentos de especial intensidad y entonces todo fluía entre nosotros: creíamos andar por nuestros particulares senderos de gloria.

batidroasContraportada de Dulcegajodelimón ideada por el artista Luis Carrión

En 1997 el grupo, poco antes de acabar la grabación, ficha con el sello valenciano Matarile Pop y ahí se inicia una apretada agenda de actividades que duraría casi dos años. Hacia junio sale el esperado disco con una llamativa portada y contraportada realizada por el artista gráfico albaceteño Luís Carrión, que habíamos conocido la misma noche en que tocamos en Ático (y que, casualidades de la vida, se ofreció a hacernos la portada del primer disco, incluso antes de que Dani nos insinuara que lo grabásemos). La ocurrente portada, idea de los miembros del grupo y de Dani Cardona, recrea el montaje de medio limón cortado sobre un fondo verde de cuyos gajos uno es naranja —todo muy cítrico, acorde al lugar donde estábamos—; y la contraportada, unas batidoras espaciales que, a modo de naves, surcan una galaxia desconocida (“por mundos desconocidos, al sur de los sentidos, al borde de los sonidos…”). Todo muy pop y muy trabajado según los medios más avanzados de entonces; y, en el interior, un pequeño libreto con las letras y los créditos. Hicimos un merchandising de lo más llamativo: camisetas rojas, amarillas, azules, todas ellas serigrafiadas con el llamativo logo del grupo CA y las vendimos a muchos de nuestros fans. La promoción del disco corrió a cargo del sello y resultó ser un éxito de crítica en muchas revistas y fancines valencianos (también de algunos otros lugares de España como el Mondo Sonoro de Barcelona o la Voz de Asturias) pocos críticos de la ciudad del Turia quedaron sin hablar de nosotros en términos elogiosos; ciertamente nos abrumaron comentarios tan rotundos, pues algunos de ellos nos reconocían como un grupo (novel) con canciones clásicas ya. Cada reseña publicada a la que teníamos acceso era un refuerzo tremendo que nos dejaba impresionados. Ni invento ni exagero, añadiría este humilde narrador: la hemeroteca está ahí. En cambio, nuestra impresión era bien distinta; para nosotros aquello, que había sido un trabajo enorme, también dejaba ver las torpezas propias de los principiantes, así que no entendíamos aquellos agasajos; nosotros estábamos convencidos que podríamos llegar más alto en próximas grabaciones: si la crítica decía tales cosas de una primera entrega, qué dirían de las siguientes. Pero no hubo más discos, sólo un Ep de dos canciones en abril de 1999, cuando todo estaba ya a punto de hundirse.

lacarteleraCrítica de Capitán América aparecida en La Cartelera.

A lo largo de 1997, hubo muchos conciertos: el primero de ellos también vino de la mano del Circuit Rock esta vez en Valencia capital, de nuevo en la sala Roxy, el 13 de febrero. En la crónica del concierto (hecha por Txomin, luego director de la televisión local XTV) se refiere a nuestra música como “melodías pop cargadas de vigor y entusiasmo, rodeadas de un rock enérgico y personal”. Y el 25 de abril, participamos junto a Los Pulpos en la fiesta que el programa de radio La Sustancia Verde, dedicado a la música independiente y realizado por Raúl Tamarit, hizo en la sala Sonora de Valencia. Para aquella primavera y verano el sello Matarile organizó una serie de conciertos bajo la denominación de Aterrizajes Pop: Capitán América, junto a otros grupos del sello, actuamos en Tobarra (Albacete) el mismo día en que murió la mediática Lady Di, Pedroñeras (Cuenca) y Carcaixent (Valencia). Aquellos eventos reunían atractivos carteles con grupos de repercusión nacional dentro del indie musical nacional (El niño gusano, Los Planetas, Los Enemigos, Doctor Explosion,  etc.). Otros conciertos menores en verano nos llevaron con Una Sonrisa Terrible a San Lorenzo de la Parrilla (Cuenca) a lomos del Renault 5 blanco que Tomás compró de segunda mano, pueblo de las profundidades manchegas cuyo público esperaba una orquesta que tocara canciones de moda sobre un tablao y se encontró a unos destroyers que gastaron lo cobrado en una disco de mala muerte con los amigos que conocieron esa misma calurosa noche.

El resto de 1997 y 1998 también acogió una intensa actividad, ya que a los conciertos (hubo una escapada a la FNAC de Madrid junto a Una Sonrisa Terrible), se unía la presencia de algunas canciones en recopilatorios de fancines o de radios independientes de la ciudad (Factory Magazine nº 20 “Explosión naranja: Vitamina C”), a sesiones fotográficas, como la que tuvo lugar en la terraza del edificio donde vivíamos para la portada de la revista del sello (Matarile) a cargo del fotógrafo Liberto Peiró (reportero “oficial” de la Explosión Naranja) o a numerosas entrevistas tanto en prensa como en televisión, como la realizada para la sección autonómica de RTVE, con la emisión de un vídeo grabado en la discoteca Woody, y otras en emisoras televisivas locales como fue el caso de la XTV. Incluso nos usaron de conejillos de indias para las prácticas de unos grupos de alumnos de imagen y sonido del ciclo de Imagen y Sonido de San Juan (Alicante): nos pasamos casi todo el día haciendo play backs y contestando a tópicas preguntas de las bonitas rubias alumnas (futuras) entrevistadoras que terminaron machacándonos el cráneo. Y hacia octubre de 1997 tocamos en Cuenca capital, en la plaza de toros, como teloneros de Extremoduro, si bien por la mañana la aprovechamos haciendo un concierto para los presos de la cárcel conquense: aquella fue una experiencia inolvidable, pues pudimos comprobar de primera mano cómo era el triste ambiente carcelario, la mirada perdida y cabizbaja de algunos reclusos, la inmensa alegría que les suponía romper la monotonía diaria al oír nuestra música en directo. Tras el concierto de aquella fría noche, acabamos atravesando parte de la serranía conquense con la furgoneta (Seralplas) del padre de Sergio, asomándonos al Ventano del diablo con mirada lisérgica y llegando a Cuenca capital cuando el sol ya lucía bien en lo alto.

Ciertamente nuestra llegada a Valencia estuvo tocada por la invisible mano de un hada madrina, ya que fue el momento de la eclosión local del indie valenciano, bautizado con el rimbombante nombre de Explosión Naranja (y que tuvo su réplica macarra en el CD recopilatorio “Duro despegue (canciones desde la caja negra)” editado en 1998 por Subterráneo Records, sello dirigido por el incombustible agitador Manolo Rock, que quiso ser la otra cara de la movida pop valenciana); panorama autóctono de grupos, no exenta de polémica, entre los que, sin saber cómo, recién llegados, nos colamos en ella. Aquella magnífica adopción entre un sinfín de grupos (Furius Planet, Los Sostenidos, Los Pulpos, Ciudadano López, Polar, Kindergarten, The Flauters, RC Druids, La Habitación Roja, Big Score, Caballero Reynaldo, Una Sonrisa Terrible o los veteranos Doctor Divago, etc.) produjo en nosotros un efecto eufórico que hacía que salir a los pubs de moda, que eran muchos, supusiera encontrarte con gente del gremio y conectar con la efervescencia de todo un mundillo alternativo. El alterne (o petardeo) con críticos, fotógrafos, artistas y decenas de músicos, pero también con gente de todo tipo, era una constante que nos hizo crecer como grupo, pensar que había un lugar para nosotros, que aquello no acabaría nunca; y también nos pasó factura: la creencia infundada de ser un grupo importante sin haberlo merecido del todo. En el centro de aquella vorágine, que otros vivían con naturalidad o, incluso, cierta distancia o desdén, Capitán América nos creíamos los reyes del mambo.

Y, entre tanto, más conciertos: tanto en Yecla como en Requena y Albacete ejercimos de teloneros de Dover, grupo representante del mainstream patrio de entonces; en todas las actuaciones sitios, la experiencia fue alucinante, pues nunca tuvimos tanto público delante y un equipo de sonido tan potente. En Yecla acabamos viviendo una noche infausta, pues nos robaron del coche la preciosa guitarra Gibson Tenesse Chet Atkins de color vino, de Míguel, y el bajo Gipson Ripper, de Sergio. Cuando nos dimos cuenta a las tantas de la madrugada, al salir de un garito, fuimos a denunciar el asunto, si bien Míguel y Rulo, maquillados con purpurina y ataviados con pestañas y peluca postizas, se hallaban delante de un guardia civil que, ante la máquina de escribir, les preguntaba, escudriñando atónito con la mirada la pinta de aquellos dos sujetos, cómo se escribía Tenesse Chet Atkins. Aquella fue otra de las situaciones vividas por el grupo que Pedro Almodóvar habría filmado sin ninguna duda para incluirla en alguna de sus películas.

El año 1998 también fue pródigo en actuaciones pues tocamos en muchos locales de Valencia: de nuevo en la sala Roxy, esta vez como teloneros del grupo inglés Frank and Walters; o en garitos de moda como en Barraca Bar, en bares de ambiente indie como en la Caverna, Mitjanit o Gurú para cuyo primer aniversario hicimos un acústico memorable (junto a Los Sostenidos y Doctor Divago) con denuncia incluida del vecino de arriba, que, al parecer, no soportaba el jolgorio organizado esa noche en el bar. Este último concierto fue muy emotivo: al delicado formato sonoro se unió la elección de versiones que lograron un efecto cómplice y sentimental, como ocurrió con El final de una quimera, de Surfin´ Bichos o Barney (…and me) de Boo Radleys.

La maquinaria comenzaba a resentirse a finales del 98: la frecuencia de los ensayos disminuyó y todo lo que antes nos había unido parecía ir esfumándose; el vértigo feliz de los inicios se fue convirtiendo en una espiral que nos aturdía y nos distanciaba. Las experiencias de estar en una gran urbe (aunque siempre vimos Valencia como un pueblo grande), el desgaste diario de una convivencia que, pese al glamour de muchas situaciones, comenzaba a ser una pesada losa, la sensación de que la intensidad inicial había dejado paso a la rutina o los problemas personales que cada uno había de capear, nos llevó a un estado de desidia que la actividad del grupo no podía llenar. Al eufórico inicio siguió una apatía que acabó con las expectativas que muchos habían puesto en nosotros. No supimos hacer de la rutina virtud, y haber seguido en la brecha como otros tantos consiguieron hacer: valga como ejemplo esclarecedor La Habitación Roja. Visto desde la distancia del tiempo, aquello fue lo más parecido al breve fulgor de un cohete que estalla en la inmensidad oscura de la noche y dura lo que se tarda en suspirar. Y, sin embargo, fue tan bello mientras duró…

  1. 1.      La diáspora de Capitán América

 capitan epPortada del EP Nadie Piensa Mal – Capitán América

Para inicios de 1999, el grupo está al borde de la disolución, pero no paralizado en su creatividad, si bien se funciona a medio gas o bajo mínimos, con la inercia del impulso anterior. De las sesiones de ensayos, a pesar de tener repertorio para haber grabado un segundo disco, sólo da tiempo para rescatar dos temas que serán las últimas canciones que grabemos antes de que acabe el siglo XX. Se trata de Puzle y Nadie piensa mal, dos canciones maduras y enérgicas cuyas letras recrean episodios de desamor reales (“…alguien me arrancó de cuajo el corazón y dentro enterró cristales que empiezan a molestar…”) y sentimientos de ruptura entre nosotros mismos que no deseamos y queremos disimular: “miro en el espejo al otro que hay en frente y él no piensa mal; cuando me reflejo: tormentas en mi mente”. Nuestra estancia en Valencia nos iba pasando factura en las vidas personales y en nuestra relación de grupo; y ¿con ello qué hacíamos?, pues música y letras en una lenta agonía.

Durante los primeros meses de 1999 Sergio y Vives retornan a Aspe para reordenar el rumbo y comienzan a trabajar cada uno en lo suyo; mientras Rulo y Míguel permanecen en Valencia y apuran hasta sus últimas consecuencias un pacto vital que acabará en ruptura. Nada, al parecer, es capaz de unirnos ya, después de haber vivido un periodo tan intenso. Nadie se explica —ni nosotros mismos— que con aquellos logros obtenidos no fuésemos capaces de continuar. Y ahí entraban esos caminos inescrutables de la vida, aquello que pasa mientras haces planes, como John Lennon dijo. Todo lo ocurrido se iba convirtiendo en un espejismo y la euforia de lo vivido en el fugaz y desvanecido resplandor de un castillo de fuegos artificiales. El piso de Cuenca 45 se acaba desintegrando: Tomás se va a vivir con su chica, Isa, propietaria del Mitjanit, aunque no muy lejos de allí. Rulo y Míguel comparten piso nuevo en la calle Jesús con el Salchi (otro ilustre aspense valencianizado); la hermandad durará poco: Rulo se irá a vivir a un pequeño chalet de una urbanización (el Vedat) de Torrent y Míguel, que aguantará un poco más en el piso de la calle Jesús, termina yéndose a Madrid para pasar, como el poeta Rimbaud, su personal temporada en el infierno. Capitán América queda en un estado de hibernación y los planes que quedaron por concluir, congelados. Desde entonces, la sensación de algo inacabado se apodera de todos nosotros, pero es imposible juntarnos de nuevo para terminarlo; no hay fuerzas ni ganas. Aquel intenso fulgor había arrasado todo al parecer. La vida, que poco antes nos ataba con sus invisibles lazos, ahora nos separaba: “la vida pasa delante de ti, vívela; sumérgete en su belleza y sentirás que eres parte de ella; está cerca…” dice premonitoriamente la canción Está cerca. ¡Ah, la vida! con sus energías y depresiones, sus circunvoluciones y anfractuosidades, sus idas y venidas, sus cimas y simas. Nos sumergimos en su belleza, en su fragor, sí, pero también en su caducidad, precisamente el lugar donde radica su extrema belleza. Si no fuimos capaces de seguir, era porque una misteriosa fuerza, de igual modo que antes unió nuestras sinergias vitales, se entretenía entonces desgajando aquel dulce gajo de limón y haciéndonos probar su inagotable gota de vinagre.

Con todo, en el año 2000 hacemos un último esfuerzo y damos nuestro último concierto en Salinas (Alicante) antes de caer en un largo letargo; con él cerramos, si no la herida, sí lo que podríamos llamar nuestra etapa histórica. A partir de entonces, el grupo entra en una fase de silencio parecido a una lenta disolución, aunque con unos breves episodios de actividad. Míguel vuelve de Madrid y se instala en Aspe allá por 2003. Somos capaces de hacer algunos ensayos esporádicos que no reactivan la frenética actividad anterior, pero que nos permiten, al menos, seguir viéndonos y tocar plácidamente (nunca ya “a placer”, que no es lo mismo). Fruto de esos rescoldos es la participación en el disco de homenaje a Surfin´ Bichos con la versión La oración del desierto, que tantos momentos de dicha nos había proporcionado. En diciembre de 2006, en la sala Malabar de Aspe nos volvemos a juntar los cuatro y ofrecer un concierto con cierto sabor a nostalgia; también subimos a Valencia para presentarlo en la sala Wah-Wah; era marzo de 2007. Poca gente de aquella Explosión Naranja estuvo viéndonos, salvo unos fieles amigos. En agosto de 2009, otro año impar, Capitán América, ya sin Rulo (sustituido en aquella ocasión por Dome, Héctor Doménech, en cuyo estudio hallamos cobijo y a quien tanto, junto a Merche, le debemos en este último tramo), que vive su dulce exilio en los Pirineos (Sos, Huesca) y más tarde en Zaragoza, tocamos en Hondón de las Nieves y al día siguiente en la barraca popular de Aspe. Aquel será también el último concierto de Sergio, quien decide dedicarse por entero al noble ejercicio de la política local, y abandona la actividad musical (¿para siempre?) y, por ende, el grupo.

De nuevo, y como al principio de esta singular historia, quedan Míguel y Vives mirándose las caras, solos ante el peligro, pero con unas sutiles diferencias: de veintitantos años pasan a tener cuarenta y pico y ya no les queda tiempo personal para embarcarse en proyectos nuevos (aunque lo hayan intentado y, casi lo consiguen con Trastazo). Nos damos una tregua. Demasiado es el esfuerzo que habría que hacer. Todos hacemos vidas distintas pero paralelas, con hijos e hijas  incluidos/as. Capitán América hiberna, extrañamente sin disolverse ajeno a los quehaceres particulares de sus componentes, ¿será capaz de volver a interpretar sus eternas melodías algún día venidero? Tiempo al tiempo. Por cierto, ¿he dicho que en este abril de 2014 hace la friolera de veinte años que Capitán América se subió por vez primera a un escenario? Pues así es. Tempus fugit, que diría Fernando Alfaro.

Capitán América,  abril 2014

Bonus Track

Por mundos desconocidos

El Rey Mermelada

Está cerca

 

Capitán América aprovecha la publicación de su biografía, en la que se desvelan algunas de sus intimidades, para dar las gracias sinceras a la cantidad de amigos que ha tenido y sigue teniendo siempre a su lado. Sin vosotros no hubiéramos podido llegar a ninguna parte, si es que llegamos a alguna. Habéis sido el motor que generó nuestra fuerza. Gracias por habernos seguido y haber participado de nuestras intensas emociones. Solo con vosotros han tenido sentido.

 

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