Tinta antigua — 19 septiembre, 2014 at 10:03 am

Las cartas de amor de un soldado desde el frente del 38

cartas

Carlos Torres Prieto* 

A la hermana de mi abuelo le mataron el novio en la Guerra Civil. Lo habían hablado antes de que le llamaran a filas, pero su futuro marido no llegó a tiempo para casarse y mi tía se convirtió en una viuda sin boda. Una mujer vestida de negro que lloró por los hijos huérfanos que ya nunca tendría.“¿Cuándo será, nena, el día en el que tú puedas decir qué nene tengo? pero que sea mío se entiende ¿eh?”, se preguntaba el novio desde la casa particular donde se refugiaba su brigada. Nunca fueron de él, tampoco fueron de nadie. Fue un suspiro antes del final de la contienda, a mitad de camino entre Córdoba y Badajoz, en algún lugar indeterminado del frente republicano. En una batalla que se libró mientras se descomponían las fuerzas republicanas tras el episodio del Ebro y miles de soldados se replegaban hacía Cataluña y la frontera francesa. Una batalla menos conocida, en la comarca de la Serena, cuyo objetivo era realizar una maniobra de distracción sobre el inminente asalto de las tropas franquistas sobre Cataluña. Sin embargo, la suerte para el frente y para el soldado ya estaba echada.

Me dice Emilio que te diga de su parte que tiene muchas ganas de que termine esta maldita guerra para poder venir a celebrar nuestra boda que ya tiene muchas ganas de que llegue ese día“, le escribió ella un diciembre del 38. Nunca llegó ese día, Emilio nunca estrenó el traje y las toñas, que entonces eran el único convite para la celebración, se quedaron sin hornear. En las trincheras en las que se ha convertido twitter, muchos pensarán al leer este relato que él era un rojo alistado por conciencia y otros tantos que fue un valiente defensor de un régimen legítimo. Ni lo uno ni lo otro. Sin militancias políticas ni ganas de oír hablar de ello, lo del hombre que pudo ser mi tío fue un accidente geográfico, un muchacho nacido en un pueblo de Alicante al que le pusieron un fusil entre las manos y lo trasladaron de ojo en ojo del huracán. “Pues verás nena de por aquí sólo puedo decirte que hago la vida de viajante“, le escribía, de pueblo en pueblo, como unos comerciantes de su propia vida que regateaban a diario con la muerte.

Ni ‘arribas España’ ni ‘no pasarán’, lo único que no se rindió en aquel hombre durante sus tres años de guardias, disparos y hambre fue el ánimo de reencontrarse con su novia, con su amor. Como él se hacinaban muchos otros soldados pues las unidades del Ejército de Extremadura eran muy superiores en número, no así en lo que se refería a armamento y suministros. Algunas unidades estaban, incluso, mal vestidas, otras faltas de fusiles y en general faltas de moral ante el devenir de la guerra. Las bajas republicanas alcanzaron los 6.000 muertos, mientras que entre los franquistas hubo 2.000 fallecidos. Los territorios ocupados durante la ofensiva, a estas alturas de la guerra ya no tenían ningún valor. La ofensiva franquista en Cataluña siguió sin apenas resistencia, y la ofensiva republicana en Extremadura acabó atascada, sin posibilidad de futuro.

 “Nena no sabes cuántas son las ganas de que llegue el día de poderte abrazar de verdad, pero en fin, qué vamos a hacer, paciencia hasta que quiera llegar ese día“, le animaba él. El encuentro parecía inminente, en diciembre del 38 al soldado le habían prometido un permiso para volver a casa, una tregua en su lucha de tres años contra los piojos que se asían a sus mantas. “Sobre lo que me dices que ya no te digo nada sobre el permiso tengo que decirte que no creas que por eso es que no voy a ir, pues tú ya sabes que a mí siempre me ha gustado avisar con el golpe (…) lo más seguro es que vaya para Navidad así que tú nena mía no te hagas el ánimo para antes“. Mi tía era una mujer de pueblo, una católica practicante que no quería acompañar a solas al cine a su novio hasta que no estuvieran casados y él un agricultor sin ideales que escribía cartas en el reverso de una factura, un hombre obligado a disparar contra el prójimo. Ni negro ni blanco, ni rojo ni azul, en la lucha de poderes los muertos siempre los pone el pueblo

“Nena solamente cuatro letras para tu tranquilidad”, repetía como un mantra en todas sus misivas. La última no fue una excepción: “Nena cuatro letras solamente para tu tranquilidad, puesto que tú no tienes prisa de escribirme según veo, por lo visto es que te vas olvidando de mí ¿no es verdad nena mía que sí?”. No era cierto, no se olvidó nunca mi tía de él. Yo la recuerdo siempre con aquel eterno vestido negro, tejiendo a ganchillo junto a una ventana como una Penélope que tiene la certeza de que Ulises no va a volver. “Ya se que me vas a decir que no tengo razón lo que ocurre es que no tienes tiempo (…) pobretica, cúanta faena tienes ¿Es verdad nena mía? Pero en fin, no te apures que esto son cuatro días y entonces ya podré ayudarte yo ¿No te parece bien nena?“. Lo mataron con los albores del cuarto día y nunca más se pudieron ayudar.

*Artículo publicado originalmente en (Importanciacapital.com) Mención especial a José Ramón García Gandía que asesoró en los detalles históricos del frente de Extremadura y que cuyas anotaciones permitieron cambiar el artículo.

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