Secuencias — 6 octubre, 2014 at 7:48 am

Tarzán, un perro para un pueblo

Vídeo: Equipo Taller de microdocumentales Aspe

Texto: Juan Torres/Carlos Torres

Hay lugares en el mundo donde las memorias ladran. Puntos distantes por cientos de kilómetros unidos por viejos recuerdos que los más veteranos evocan. Una de esas historias  ocurrió muy lejos de aquí, en la Japón de los años treinta. Allí vivía Hachiko, un perro de raza akita que cada tarde acudía a la estación de Shibuya para recoger a su amo, un profesor de la Universidad de Tokyo. El perro se mantuvo fiel a esa costumbre hasta que el dueño murió de un ataque al corazón. Es más, aunque el profesor nunca regresó de sus clases, Hachiko lo esperó en la estación durante nueve años. La historia es tan conmovedora que incluso Hollywood, con Richard Gere como cabeza de reparto, le dedicó una película. A menudo son los historias más lejanas los que despiertan los recuerdos más próximos y Aspe puede que no cuente con una industria tan potente como la de los Ángeles, pero  los miembros del equipo de taller de microdocumentales sabían que aquí, entre nuestras calles, dormía una aventura tan fascinante que se merecía una película como la de Hachiko. La historia en cuestión es la de Tarzán, el perro callejero del que muchas veces hemos oído hablar a nuestros padres o abuelos.

Al contrario que Hachiko, Tarzán no tenía dueño y, siguiendo la lógica de aquella posguerra alicantina, lo que no era de nadie podía ser de todos. Y como lo que es de todos nunca es igual para nadie, recomponer aquella la biografía de Tarzán no ha sido un tarea fácil.  En ocasiones las pequeñas anécdotas de un pueblo se idealizan adaptando la realidad lo más feliz posible al recuerdo colectivo. Cuando el equipo de taller de microdocumentales de Aspe abordó la historia del perro Tarzán ésta estaba casi sepultada por el tiempo. Los comentarios que más escucharon fueron: “Tarzán era el perro del pueblo”, “Tarzán hacía las cosas como los perros de circo”, “Tarzán iba todas las mañanas a misa”, “Tarzán no se perdía una verbena, le gustaba mucho la fiesta”,… En ningún momento nadie les contó que “Tarzán era un perro vagabundo”. Quizás porque esa frase no hiciese justicia a lo que fue, pero la realidad es que Tarzán era un pequeño animal al que la vida quiso desahuciar nada más nacer. La suerte tuvo a bien que unos pequeños aspenses que, como tantos otros, buscaban aventuras en el río Tarafa, diesen con él, en el lugar y momento preciso; y como en aquellas películas infantiles en blanco y negro, Tarzán se convirtió en un miembro más de aquel grupo de “chiquillos” y se hizo amigo de todos los niños que habitaban la Plaza Mayor.

En Aspe no hay una estación como la de Shibuya como en la que dormía el triste Hachiko. En realidad, como todos sabemos, en Aspe no hay estación, así que aquel perro blanco de manchas marrones en vez de dormir entre andenes fijó su dormitorio entre los bancos de la basílica.  Si Hachiko esperó a su dueño casi una década, Tarzán, siguió con sus pequeñas patas durante años todas las ceremonias que partían de la iglesia. Las personas que vivieron el Aspe de los sesentan recuerdan que, como si de un vigía de la fiesta se tratara, el pequeño can se colocaba en las procesiones al lado de “Tófilo, el de los cuetes” y que cada vez que la pólvora explotaba en el cielo el pequeño perro ladraba. No hubo comuniones, bodas o bautizos que Tarzán no acompañara con su cuadrúpedo paso perruno.

Pero si algo sabemos en Aspe es que hay que saber estar a las duras y a las maduras y Tarzán, como aspense de honor, cumplió con su deber mejor que ningún otro. Cada vez que un vecino del pueblo moría, Tarzán aguardaba en la puerta de la iglesia a que el féretro saliera para acompañar con su solemnidad el kilómetro que separa la basílica del cementerio. Se encargó de que nadie fuera enterrado en soledad. No importaba lo bueno o malo que hubieras sido en vida, mientras este Hachiko a la alicantina habitó las calles del pueblo, no hubo aspense al que Tarzán no despidiera. Tal vez, como nunca fue de nadie, decidió agradecérselo a todos.

Tanto fue así, que la sociedad humanizó hasta tal punto al perro que Tarzán se convirtió en un personaje más de aquella sociedad de posguerra. Por eso, en el recóndito del ser de cada uno de los entrevistados para la película documental pervivía un sentimiento de culpa, y por qué no, de vergüenza, cada vez que algún chico del taller hacía la misma secuencia de preguntas: “¿Qué le pasó a Tarzán? ¿Cómo despareció? ¿de qué murió?”.  Si Tarzán había dado tantas alegrías a muchos niños; los amaba y defendía casi como pago de la deuda que el animal debía pagar durante el resto de sus días por haber sido rescatado, ¿cómo era posible entonces que nadie supiese de su desaparición?. Quizás porque la memoria es selectiva y es mejor recordar a Tarzán como lo que fue, una animal alegre que hizo al pueblo en el que habitaba una ciudad un poco más feliz. Lo cierto es que hay cientos de teorías distintas sobre qué le pudo pasar a aquel perro huérfano al que unos niños rescataron del río. Por suerte, ya nunca sabremos cuál es la cierta, porque lo que no se recuerda haber visto morir siempre permanece vivo en la memoria.

Desde Año Impar queremos agradecer el trabajo en la recuperación de la historia de Tarzán, así como que nos permitan mostrar su trabajo a través de nuestra página, a los lo creadores del microdocumental:

Susana Alenda, Manuel Ayala, Inma Galvañ, Carmen Sánchez, Raúl Asencio, Ángel J. Elvira, Rosa Llopis, Anabel Pujalte,Miguel A. Cremades, Victor Manuel Suárez.

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