Cultura independiente — 10 noviembre, 2014 at 9:14 am

La Galaxia: Una odisea del espacio

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Desde su sala de mandos el pinchadiscos de la discoteca Galaxia tripula la noche. 

Marcos Rubio

 

El 31 de diciembre de 1969 abrió  La Galaxia las puertas en los confines del planeta Aspe.  Era la primera  discoteca en kilómetros y, sin pretenderlo, supuso un cambio en  las costumbres y  en el ocio de una nueva generación que había empezado a dejarse crecer el pelo, las patillas y que tenía muchas ganas de pasarlo bien. Los setenta llegaban con fiebre por demostrar como se debe bailar bajo las bolas de espejo.

El viaje espacial

El 20 de Julio de 1969 Neil Amstrong se convierte en la  primera persona en caminar en la superficie lunar,  son las 2 y 56  hora internacional  y el Apolo XI acaba de alunizar al sur de El Mar de la Tranquilidad.  – “ Un pequeño paso para un hombre, un gran salto para la humanidad”- eso esperan constatar  los cinco aventureros que se han atrevido a gastar cada uno 25000 pesetas de la época para poner en marcha una de las primera discotecas del universo. Son tiempos de euforia espacial y quizás por eso han decidido bautizar su sueño como  La Galaxia.  No ha sido fácil, pero allí están con las chaquetas más elegantes, un 31 de Diciembre  a punto de inaugurar un lugar extraño y  único. Luces de colores, espejos, altavoces, cabina, botellero de caoba, sillones en el reservado y  bordeando la pista circular y mucho humo. Los jóvenes aventureros esperan a los primeros clientes;  sienten  la inquietud de lo desconocido. Aquella noche  inaugural no se acercarán ni cincuenta personas;  el desastre ha sido espacial.

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Luces, espejos y pompas de chicle. Todos hemos sido jóvenes, todos hemos bailado alguna vez así.

Al día siguiente, 1 de enero, arranca la década en la que la música disco reinó en las pistas de baile pulverizando  convencionalismos  y  ensanchando los límites del hedonismo y la diversión. Bailar y bailar en un mundo artificial de sombras y luces de colores ayuda a olvidar por un rato las rutinas, las estrecheces económicas, la monotonía del trabajo en la fábrica y la dureza de las tareas del campo. Los setenta vienen con pelos largos y pantalones de campana y las discotecas han empezado a colonizar buena parte del planeta a ritmo de ABBA, Boney M, Bee Gees, Chic, Donna Summer, Barrabás,  el duo Baccara, los Jackson 5 e incluso la ELO o los Rolling Stone. Son espacios voluntariamente artificiales, erigidos para permitir una atmósfera distinta, regida por normas nuevas, pensada para facilitar una  sociabilidad más desinhibida, más permisiva, más circunstancial y más urgente. –    ¿Crees que soy sexy?- Pregunta Rod Stewart, vestido con ropa extravagante y  un pelo rubio  que se dispara.  Entre ciertas élites del mundo libre se habla de  una revolución sexual pero en la  España mineral del franquismo bastante  logro es ya bailar el Boggie Night de los Heatwave.

Las discotecas son todo un éxito;  hay ganas de pasarlo bien.  El Rhythm and Blues se mezcla con el Funk, con el Soul de Filadelfia, con los ritmos cuatro por cuatro, con  los  bajos sincopados,  con la percusión programada por encima de 110 golpes por minuto. A veces  hay guiños latinos y cierta extravagancia, otras hasta Afrobeat y no faltan letras que flirtean con lo tórrido y lo explícitamente sexual. Como todo pasa en el interior,  en un especie de limbo de lujos falsos, tejido con música euforizante y  bajo un cielo de bolas de espejo  y luces de colores el espacio se muestra ajeno al territorio. De esta forma,  incluso los barrios obreros o los núcleos urbanos de pequeño tamaño  como Aspe, tendrán la posibilidad de albergar alguna  discoteca entre sus pliegues. Como en Fiebre del Sábado Noche,  los Tony Maneros del barrio ya tienen su pista de baile sin tener que desplazarse al centro de la gran ciudad. Cuando en el año 1977 Studio 54 abra sus puertas en el bajo Manhattan para disfrute de Warhol, Truman Capote, Elizabeth Taylor, Brooke Shields, Cher  y  otros estrellones del papel couché la discomusic, que había nacido bastarda, podrá sentirse reconocida  por la vanguardia de la ciudad.  Todos quieren entrar en la discoteca neoyorquina  y muchos querrán entrar en La Galaxia;  ese primer día de 1970, después del fracaso de la noche anterior, la cola de gente llega hasta el parque.

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Las imágenes pueden perder color pero no hipsterismo: camisas de cuadros, bigotes y teléfonos vintage decoran los recuerdos de este Studio 54 local.

El origen del sueño

Me llamo Vicente Galvañ Puerto, aunque todos me conocen como Matías,  y fui uno de los cinco locos que nos atrevimos  a montar la primera discoteca de Aspe. Todo empezó en el Chiquero, un club que teníamos en la calle Trinidad, 67.  Aquel local lo habíamos puesto en marcha ocho o nueve amigos de la adolescencia. Era nuestro lugar de encuentro los fines de semana. Si montábamos guateques u organizábamos la gira nunca faltaba la mujer casada para vigilar. Creo recordar que el tocadiscos era de Ramón Botella, el de la Caja, aunque Vicente Cremades, el Charly,  también se ocupaba de la música.  El local, decorado con pósters de cantantes, no tenía barra. Unos cuantos solían comprar la bebida y después se pagaba entre todos.  No era el único sitio de este estilo en el pueblo, en la calle de la Cruz había otro parecido.  El nuestro,  sin pretenderlo, se convirtió pronto en un lugar muy concurrido.

Aquellos últimos años sesenta venían algo revueltos, la universidad se agitaba, las protestas  parisinas del sesenta y ocho movían el aire plomizo y Radio Pirenaica y nuestros amigos universitarios nos traían historias clandestinas de rupturas y esperanzas. En el Chiquero llegamos a celebrar alguna reunión política con Leopoldo Alenda, que militó en el Partido  Comunista y con otras personas procedentes de la Hermandad Obrera de Acción Católica que se estaban politizando. De la HOAC salió Ramón Berenguer, que se convertiría en el primer  alcalde socialista de la democracia; pero eso sería mucho después.

Diversión, música y política casaban bastante mal con las rigideces de una dictadura nacional católica  que aún se prolongaría casi una década por eso, en todo momento, nos esmeramos en mantener las mejores relaciones con las autoridades locales. Lo cortes y lo valiente no tenían por qué  estar reñidos. Nosotros lo hemos tenido siempre en cuenta  y no nos ha ido mal.

La  extravagancia feliz de montar una discoteca se le ocurrió a Antonio Asensio Pastor.  Siempre nos ha gustado divertirnos y a veces  íbamos a El Duende que estaba en los bajos del Hotel Carlton en Alicante, a la sala de fiestas Cañaveral de Campoamor o al imponente Gayo Rojo de Campello,  pero fue Antonio, que estudiaba electrónica en Madrid,  quien nos propuso montar algo así en Aspe. Yo tenía 19 años y posibilidades de que me dejaran el dinero porque había trabajado toda la vida. Mi padre no lo vio claro  y fue mi tío Luis quien al final me firmó el préstamo en la Caja del Sureste. Una vez conseguidas las 125.000 pesetas, Leopoldo Alenda, Juan Carlos Botella, Emilio Gomariz, Antonio Asensi y servidor  nos convertimos en socios. Dos años más tarde la sociedad se redujo a tres los dispuestos a continuar  con la aventura espacial .

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Actual estado de La Galaxia o lo que queda de ella, una supernova varada en la calle Bailén.

La Galaxia más lejana.

Pensamos instalarnos en la antigua calle  Doctor Arce, creo que ahora se llama 9 de Octubre,  a la altura donde está la bodega Alondra y que entonces era una fábrica de hielo.  También nos planteamos la posibilidad de montar el negocio en otra fábrica de hielo que estaba en la calle Gregorio Rizo, junto a las Escuelas Nuevas. Sin embargo,  al final, terminamos en la calle Bailen, en el último edificio del pueblo,  rodeados de solares y con la Huerta Mayor a la espalda.  Viéndolo ahora, con la  perspectiva que te da el tiempo, creo que fue un acierto total.  Aquella ubicación en los márgenes de todo, en una zona  sin concretar y difusa, casi rururbana, mantuvo el local oculto. Era imposible encontrarse con La Galaxia por casualidad, sólo llegaba quien realmente quería.  Pronto nos hicimos invisibles para mucha de la gente que había visto con recelos nuestra iniciativa.

Por paradójico que parezca,  los trámites administrativos fueron sencillos, Leopoldo y yo hablamos con Carlos Carbonell que fue alcalde un par de años a principios de los setentas y nos dio la autorización sin más complicaciones. Meses después, en septiembre de 1970,  nos llegó una inspección de Alicante y después de superarla se  nos dio la autorización definitiva. Nadie que me conozca se sorprenderá si afirmo que siempre he sido socialista. Recuerdo al aspirante a alcalde, Ramón Berenguer, alguna noche en la discoteca. Le gustaba beber güisqui y escuchar a Pink Floyd mientras encendía Ducados Internacional de forma compulsiva. La noche del 8 de mayo de 1983 fue histórica, el PSOE acababa de ganar la alcaldía en coalición con el PCE. Cuando  los resultados fueron definitivos, Ramón  me llamó y me pidió que lo preparara todo que iban a la discoteca a celebrarlo. Se lo pasaron muy bien; aún estoy esperando que se pase algún compañero a abonar la cuenta. Es curioso, Carlos Carbonell que fue alcalde con Franco y con UCD siempre se portó de manera impecable con nosotros. Los socialistas, sin embargo, al año de llegar al ayuntamiento, nos cerraron la discoteca una temporada sin más miramientos.

Muchas cosas pasaron en La Galaxia  en esa década vertiginosa. Algún encuentro furtivo, alguna reunión política clandestina. Las primeras conversaciones para poner en marcha el Polideportivo las celebramos allí en 1973. También en la discoteca organizamos los primeros encuentros para planear lo que sería nuestra  fiesta de moros y cristiano. Recuerdo que el día del golpe de estado de Tejero, aquel 23 de febrero, estábamos reunidos en la discoteca los de la comparsa del Duque de Maqueda y no nos enteramos de nada. De repente, apareció  la guardia civil y nos exigió la inmediata disolución de la reunión. Más de tres personas juntas estaba terminantemente prohibido. Estábamos alucinando.

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Aunque más de tres personas reunidas era sospechoso, nada pudo con las ganas de divertirse de una juventud que dejaba atrás los años de plomo del franquismo.

La revolución de las costumbres

La aparición de La Galaxia supuso la subversión del ocio juvenil como se había entendido hasta entonces. La discoteca era un espacio privado sin nada que ver con los clubs de amigos, los espacios públicos al aire libre o las casas donde se celebraban los bailes de pick-up y mujer casada. Entre el humo, el alcohol de los combinados,  la oscuridad, los espejos y la música optimista se congregaban  personas de clase trabajadora de distintas procedencias  con la intención de bailar, divertirse, conocerse y pasarlo bien.  Este nuevo espacio de sociabilidad facilitaba  relaciones nuevas, inesperadas y menos comprometidas. Las 250 que habían pagado 50 pesetas si eran hombres y 25  sin eran mujeres sentían que estaban en un lugar distinto, irreal, más tolerante y más canalla. La propia distribución del espacio con sus luces, sus sombras, su pista de baile y sus rincones permitía la exhibición y la discreción a un tiempo. Aquellos contrastes facilitaban  prácticas  impensables en el espacio público. Del reservado y lo que allí pudiera ocurrir a los códigos estrictos que regían en los guateques con mujer casada o en los bailes con orquesta en la Piscina Municipal  mediaba la misma distancia que va de la tierra al sol. – Esa es de la manera que me gusta – cantaban KC & Sunshine Band; pues eso.

 La discoteca impuso su propia narrativa y sus rutinas. Música disco para iniciar sesión con los éxitos del momento,  un ratito para la rumba y antes, el gran momentazo de las lentas, la oportunidad pactada de acercarse a la desconocida que te había deslumbrado para intentar bailar pegados y quién sabe si para algo más. Todos esperaban el momento,  el Discjockey lo solía anunciar tres canciones antes  para crear expectación. De repente, las luces bajaban de intensidad y se abría la puerta de los deseos y de las esperanzas fugaces. ¿Qué profundo es tu amor?- preguntaban  The Bee Gees.  Había llegado el momento de la verdad

El tiempo de las lentas pasaba pronto. Para los que no se atrevían por timidez era eterno, para los cazadores  siempre resultaba escaso y para los triunfadores absolutamente necesario. La llegada de las rumbas y la recuperación de la intensidad de las luces volvía  a restituir la tensión y el jolgorio. Aún quedaba un rato de canciones de discoteca y algún que otro éxito del momento antes de que la luz amarilla  devolviera la realidad grosera a las cosas.

La Galaxia había ideado un método de  selección de clientes especiales, eran los que compraban  y conservan su propia botella de alcohol en el botellero. La inversión resultaba  cara pero garantizaba la calidad del alcohol, siempre bajo sospecha,  y además entrabas gratis. El horario era de Martes a Domingo de 8 a 11 pero viernes y sábado había otra sesión que comenzaba a la media noche y se prolongaba hasta las seis de la mañana. La clientela de la madrugada era menos juvenil,  estaba compuesta fundamentalmente por grupos de matrimonios jóvenes con ganas de pasarlo bien. La música programada entonces solía ser  menos beligerante. Beber en la discoteca nunca fue barato y hasta el café tenía un precio prohibitivo pero no faltaba el que se pasaba por allí a tomarse un solo. Los San Francisco, un coctel de ginebra, fresa y Baileys causaban furor. Cada vez se llevaba el pelo más largo, las patillas más pobladas, los pantalones más acampanados y la hombría más apretada.  Poco a poco se fueron incorporando nuevas actividades a las sesiones de entre semana: concursos de baile,  de imitación de cantantes famosos tipo Camilo Sexto o Julio Iglesias e incluso  café teatro se llegó a organizar.

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Quizás eran herencias de una España católica pero hasta para ligar también había patrón y más de un noche los fervorosos jóvenes se encomendaron al San Francisco. 

El final de la sesión

Fueron casi quince años de aventura espacial en aquel local de apenas doscientos metros. Todo ese tiempo parece ahora tan fugaz como el sueño de una noche de verano. Vicente, Boix  y  Pierre, nuestros interlocutores,  llevan  un rato intercambiando recuerdos cómplices. – El rock acabó con todo– , asegura Rafael Cerdán, que fue barman de la discoteca. Probablemente la respuesta sea mucho más compleja;  los ochenta supusieron un cambio muy profundo que trajo nuevos modos, nuevas modas, nuevas músicas, nuevas sustancias y una aceleración de los tiempos que  ganaron en aristas y en agresividad. La crisis se hizo crónica y Aspe más ciudad.  La libertad recuperada y la búsqueda de nuevos límites aumentó los precipicios.  De repente, ya no era tan fácil lidiar con doscientos jóvenes sin preocuparse por la seguridad. Hacía falta energías renovadas para seguir con aquello y sentíamos que nuestra aventura se acababa.  Los nuevos retos exigían nuevas estrategias, había que profesionalizar la gestión  y nosotros habíamos perdido el interés.  Siempre mantuvimos nuestros  propios trabajos y siempre vimos la discoteca como un lugar para divertirnos y ganar un dinero extra. El negoció  había cambiado en los últimos tiempos y nos fuimos cansando. En 1984, el empresario Antonio Candela, que ya tenía las discotecas Charly y  Planeta Azul, se quedó con la pequeña Galaxia. La noche de las bolas de espejos reorientaba su órbita.

Mi amigo Antonio Machado, que me ha facilitado las entrevistas y yo, nos despedimos de todos ellos y nos marchamos sin decir nada. Matías se queda con su copa y sus recuerdos. El Boix y Pierre se han abrazado y siguen compartiendo batallas de forma atropellada. Han vuelto por un rato a la discoteca de su juventud y se resisten a abandonarla todavía, piensan estar allí mientras suene la música.. *

*Editado: Galería de paisajes de la Galaxia

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Que no os engañen, el Gin Tonic nació en Aspe.  Y hay que tener arte para saber tirarlo.

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En la cabina de mandos un Dj muy especial. Pionero del audiovisual aspense.

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Juan Pardo, medias melenas y mucho calor ¿Año?

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Que siga la fiesta

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