Tinta antigua — 22 Diciembre, 2014 at 11:52 pm

El Tabayá. Una encrucijada de hace 4.000 años.

José Ramón García Gandía

Fueron los musulmanes que habitaron el Castillo del Río, seguramente, quienes pusieron el nombre a la Sierra del Tabayá; la sierra pared, la sierra muro, del árabe tabiyyâ, vocablo que se usa para denominar los muros fabricados en tapial. La sierra, también denominada desde antiguo como Tabaiá y Tabeyán, es conocida por albergar, en sus cotas superiores, uno de los yacimientos de la Edad del Bronce más interesantes de la Comunidad Valenciana. Se encuentra hacia los 305 metros de altura, con un desnivel de aproximadamente 130 metros sobre el Río Vinalopó y una pendiente muy fuerte, casi del 50 %.

El profesor Jiménez de Cisneros, en una excursión realizada en 1910, describe restos de estructuras que afloran en la superficie y recoge varios fragmentos cerámicos, que denomina barros. El estudio lo publica en el Boletín de la Real Sociedad Española de Historia Natural:

“V. El Castillo del Tabeyán.- El Tabeyán (Tabayá en valenciano) es una serreta de áspera pendiente, constituida por un conglomerado grosero de mucha resistencia, formando el estrecho superior del Vinalopó”. Entre sus ruinas y en los derrubios encontré barros negros micáceos, barros celtibéricos y otros saguntinos. Aquí, como en otros sitios se han sucedido los pueblos dominadores”.

Sierra del Tabaya

La sierra del Tabayá

El yacimiento lo dio a conocer el grupo de la Operación Rescate del colegio del Padre Dehón de Novelda y, en 1982, el profesor Navarro Mederos señala la presencia de cerámicas pertenecientes al Bronce Final y a los Campos de Urnas, en una estructura tumular alterada por clandestinos. En 1987, el Dr. Hernández Pérez inició la primera de las cinco campañas de excavación arqueológica que dedicó a éste yacimiento y que depararon un importante volumen de información y de restos materiales, sobre todo cerámicas, que actualmente se encuentran depositadas en el MARQ.

Por otra parte, la publicación de un cuenco campaniforme recogido por aficionados y expuesto en el Museo Arqueológico de Novelda, y que encuentra registros similares en fragmentos cerámicos recuperados en los niveles más antiguos del yacimiento, hacen que nos encontremos ante un poblado que presenta una secuencia cultural amplia que abarcaría desde la época denominada como Campaniforme, hacia la mitad del III milenio antes de nuestra era, hasta el primer tercio del I milenio a.n.e., pasando por un periodo de fuerte influencia argárica.

En la primera campaña de excavaciones, durante el mes de agosto de 1987, se descubrió un excepcional conjunto cerámico del Bronce Final, compuesto de diferentes vasijas de cuerpos troncocónicos, cónicos, globulares y decoradas con acanaladuras e incisiones sobre superficie bruñida. Bajo un pavimento de una de las estancias, se localizó un enterramiento singular de un individuo masculino en decúbito lateral derecho que portaba una alabarda de bronce, pieza vinculada a elementos de prestigio que refuerzan, aún más si cabe, la presencia de élites sociales en estos momentos de la prehistoria: tan sólo unos pocos individuos se encuentran enterrados bajo los niveles de habitación, individuos de varias edades, pues algunos niños se han localizado inhumados en vasijas de barro, posiblemente del mismo linaje. Del resto de los habitantes del poblado, habitado durante cientos de años, desconocemos su lugar de enterramiento.

También está atestiguada la presencia de conjuntos cerámicos pertenecientes al Bronce Tardío (1.500 – 1.200 a.n.e.). La información que nos proporciona el estudio de la producción cerámica nos muestra un cambio o ruptura respecto a los patrones anteriores, tanto en el plano formal como en el técnico, aunque los nuevos tipos conservan la misma funcionalidad de los que sustituyen, sobre todo, cocina y almacenaje.

Enterramiento en cista con alabarda (M. S. Hernández Pérez)

Enterramiento en cista con alabarda (M. S. Hernández Pérez)

Desde el punto de vista espacial o territorial, el poblado de El Tabayá se encuentra en el límite o frontera entre dos culturas propias de la Edad del Bronce: la cultura argárica y la cultura del bronce meridional valenciano. Y posiblemente perteneció a ambas, en distintos momentos de su historia, tal como ocurre en muchos poblados contemporáneos del valle del Vinalopó, encontrando, en la Vega Baja, asentamientos eminentemente argáricos y, en la Alcoiá, otros del Bronce valenciano.

Se ha considerado la cultura argárica como una de las primeras sociedades Estado de nuestra prehistoria reciente. Se caracteriza por poblados situados en cerros elevados, con buena visibilidad, control de las vías de paso y cercanos a recursos hídricos. Llegaron a tener, en ocasiones, sistemas defensivos formados por murallas y torres. Este denominado “encastillamiento”, que ya empieza a darse en el Campaniforme, se considera como el punto de no retorno entre las sociedades segmentarias, de alto grado de igualdad social, propias del Neolítico anterior, y la jerarquización social emergente que observamos, sobre todo en los enterramientos, en estos poblados del II milenio antes de nuestra era.

El nombre de cultura argárica viene del emblemático yacimiento de El Argar, en Antas, Almería. Sus poblados, además de las características antes mencionadas, poseen una clara uniformidad material, la abundancia de armamento militar y de prestigio fabricado en bronce y una progresiva diferenciación social. Su expansión territorial coincide al norte con los valles del Vinalopó y al sur ocupando las provincias de Murcia, Almería y parte de la de Granada.

El denominado Bronce Valenciano ocupa el espacio geográfico al norte de los valles del Vinalopó y llega hasta zonas meridionales de la provincia de Castellón.  No presenta una uniformidad en su cultura material tan apreciable como la que se observa en el bronce argárico. Las relaciones ente los poblados, probablemente, no son tan importantes y, éstos, gozarían de una cierta autonomía política y económica en parte ajena a los importantes circuitos comerciales argáricos. No obstante, la existencia cercana de un Estado en expansión sugiere también la existencia, en su periferia, de una organización lo suficientemente estable como para mantener su autonomía.

Desde el punto de vista local, nos encontramos con un poblado de economía auto gestionada basada en la agricultura y en la ganadería. El cultivo del cereal, básico en las comunidades de la Edad del Bronce, hace que sus gentes se adapten al ritmo estacional de las cosechas y a la fabricación de elementos relacionados con la producción agropecuaría. Instrumental de madera y sílex para la siembra, siega y recolección, capazos y recipientes de esparto, vajilla cerámica.

Detalle del enterramiento con alabarda (M. S. Hernández Pérez)

Detalle del enterramiento con alabarda (M. S. Hernández Pérez)

Sus casas se construían con una base de muros levantados en mampostería ordinaria. Trabados con barro y yeso, cuando éste estaba disponible. Las paredes se apoyaban, a modo de terrazas, en la ladera del cerro y sus techumbres, soportadas por postes de madera anclados en el suelo, se construían con barro y paja sobre una empalizada. Sobre los pavimentos de tierra apisonada, fina, arcillosa o yesífera, encontramos pequeños hornos, cubetas de barro para el agua, molinos de piedra para moler el cereal, poyos para la colocación de vasijas. Por la fachada más amplia colgaban esteras de esparto y, posiblemente, la estancia, ocupada por una extensa familia, compartía el espacio con sus cabezas de ganado.

Estas gentes, que habitaron en nuestro término municipal desde hace algo más de 4.000 años, se adaptaron al medio, crecieron y fueron evolucionando hacia sociedades más complejas desde el punto de vista social y cultural.

Enterramiento infantil en urna (MARQ)

Enterramiento infantil en urna (MARQ)

Durante el Bronce Final, la variedad agrícola en los cultivos adquiere una mayor importancia, introduciéndose especies como el lino o el mijo, y surgen grupos ganaderos de elevada movilidad, los cuales ocupan temporalmente algunos asentamientos nuevos. Los tipos cerámicos son carenados, hechos a mano, de base plana y diferentes tipos de decoración (incisa, excisa, o acanalada).

Alrededor del 1.100 a.n.e se documenta una nueva cultura procedente de Centroeuropa y que va a marcar el paso del Bronce Final a la I Edad del Hierro. Son los denominados Campos de Urnas, denominados así por su novedoso ritual de enterramiento en recipientes cerámicos enterrados en hoyo. El área de influencia de esta cultura se extiende hasta el Vinalopó y el Tabayá.

La región valenciana ejercía de red intercomunicadora entre las diferentes culturas existentes durante este período. Junto a los Campos de Urnas también se perciben contactos con la Meseta Castellana: la cultura de Cogotas. Las rutas comerciales de la prehistoria reciente están relacionadas, muchas veces, con tráfico de ganado desde la zona levantina al centro peninsular. Por si fuera poco, griegos y fenicios comienzan a atracar en nuestras costas y establecen asentamientos que sirven de base para comerciar con las elites locales ya diferenciadas durante la Edad del Bronce.

Secuencia estratigráfica de El Tabayá  (M. S. Hernández Pérez)

Secuencia estratigráfica de El Tabayá (M. S. Hernández Pérez)

La sociedad comienza a ser más compleja y de las élites indígenas surgen los primeros príncipes que reciben regalos de prestigio llegados del próximo oriente asiático.

Paralelamente, cambia el patrón de asentamiento de los poblados. Los existentes fueron abandonados de forma progresiva a finales del Bronce Tardío. Este abandono fue más acentuado en las provincias de Alicante y Valencia. Como consecuencia de esto, en el Bronce Final surgieron nuevos asentamientos en ubicaciones diferentes, algunos de los cuales formarían importantes centros urbanos durante la Edad del Hierro y, posteriormente, en la cultura ibérica.

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